De un solo impulso, por vez primera y única hasta la fecha, leí En busca del tiempo perdido hace siete lustros exactos, entre el verano de 1985 y la primavera del año siguiente. Con la de Borges, que la había antecedido por muy poco, esa lectura fue la experiencia literaria más importante de mi juventud. A lo largo de aquel tiempo leí otras muchas novelas, pero ninguna otra me causó una impresión tan profunda y duradera. Por fin, el pasado 17 de julio, día que se cumplió un mes de mi entrada al hospital (afortunadamente, salí cinco días más tarde), empecé a releer la novela completa por vez primera en treinta y cinco años. Me pareció que este año, tan oscuramente cargado de peligros y de escollos, que hemos vivido con pasmo, temor y emociones encontradas, era necesario emprender un ambicioso proyecto de lectura. No tuve que voltear a ver el librero para saber cuál debía de ser ese proyecto.

Aun cuando la trascendencia de Proust en este lector fue inmensa, hasta ahora jamás había sentido la necesidad releer los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido quizás precisamente porque su huella se había mantenido fresca en mi memoria. Es verdad que a la afirmación de mi apartamiento de la novela de todo ese tiempo hay que oponer una excepción: “Unos amores de Swann”, la noveleta que está en el corazón de Por el camino de Swaan (el volumen inaugural del ciclo), la cual puede leerse de modo independiente y sirve de ejemplo perfecto del poder narrativo de Proust. En ella se exponen por vez primera algunas teorías sobre la pasión amorosa en particular y sobre el comportamiento humano en general que el escritor francés desarrollará a lo largo del resto de los volúmenes que conforman su gran novela.

A “Unos amores de Swann” he regresado varias veces, por el simple placer de su lectura, por supuesto, pero también porque me he servido de ella para contagiar a mis amigos del inmenso placer de establecer relaciones con el mundo verbal e imaginativo de Proust, y la he releído al mismo tiempo que ellos.

Aspecto de mi trinchera lectora, un día al acabar de leer.

¿Cuál es la traducción que prefiero? No es que yo me lo cuestione, ya que mi conocimiento del tema es todo menos especializado, pero alguien que se entera de mi proyecto me hace la pregunta en público. Contesto que tengo dos en mi biblioteca: la de Alianza, en la que leí la novela en los años ochentas, que empieza maravillosamente bien con los dos primeros tomos traducidos por Pedro Salinas (en los cuales tenemos la ilusión, como dice mi amigo Eduardo Casar, de que fue escrita en nuestra lengua), pero que luego decae sensiblemente, y la de ediciones Valdemar, de Mauro Armiño, que adquirí ya empezado el siglo (el primero de los tres tomos, hace ya dos largas décadas) y que nunca había abierto sino de modo selectivo y pasajero para hacer pequeñas consultas. En mi lectura de estos días (cuando redacto estas líneas estoy en la última parte del tercer volumen de la serie, El mundo de Guermantes), combino con provecho ambas ediciones.

Vista panorámica del mismo lugar. La calma necesaria para leer con la concentración que exige Proust es aprovechada por cierto despreocupado visitante.

La de Valdemar es muy superior, desde luego, para empezar porque da cuenta de todo tipo de hallazgos, nuevas consideraciones, relecturas de manuscritos y anotaciones en los márgenes de las galeras de Proust, y todos los etcéteras posibles. Por si eso fuera poco, tiene la ventaja de contar con una cronología, diccionarios de lugares, personas y personajes, resúmenes, fotos y especialmente una invaluable colección de notas. Además, el tamaño de la letra es grande, contra la tendencia universal de castigar a los lectores con una extraña tortura, de tal modo que se lee con facilidad.

La edición en tres grandes volúmenes de la editorial española Valdemar. Su autor es Mauro Armiño.

Sin embargo tiene la desventaja de que los siete libros, más todos los materiales de apoyo, están embutidos en tres pesados volúmenes que no es posible sostener por mucho tiempo en las manos. Un querido amigo que también lee la novela estos días, y que lo hace en la edición de Valdermar, puede permitírselo porque lee como los monjes de la Edad Media, igual que lo hace San Jerónimo en el óleo de Antonello da Messina (y Pasolini en los Cuentos de Canterbury), sentado en el escaño, contra el que apoya el libro…

Así que avanzo sobre la edición de Alianza, más cómoda por sus dimensiones, pero estoy constantemente consultando la de Valdemar. Ésta, por cierto, quizás por culpa de unos injustificados y excesivos deseos de diferenciación, o buscando un matiz innecesario, en vez de En busca del tiempo perdido titula A la busca del tiempo perdido, lo que parece un retorcimiento de pedantería imperdonable.

Pero además cuento con un par de libros de consulta que hacen la lectura mucho más rica: por un lado, un Museo imaginario de Marcel Proust, en cuyas páginas se recoge toda la pintura mencionada en À la recherche du temps perdus, en el orden en que aparecen las alusiones en la novela, cada obra acompañada del pasaje donde se alude a ella (tengo la versión en francés, más útil que la de lengua inglesa, en la cual el libro fue originalmente concebido). Lo compré en una librería parisina en 2007, por los días en que encabezaba la organización de la presencia mexicana en el Salón del Libro de París, pensando que lo usaría algún día, lo que quiere decir que llevaba entre mis libros trece años de paciente espera.

El otro es Le monde de Proust vu par Paul Nadar, una reproducción de los retratos de las personas relacionadas con el escritor que están en los archivos del gran fotógrafo francés, desde el escritor mismo, por supuesto (no es otro el niño que ilustra la portada), y sus padres, su hermano y sus tíos, hasta los personajes que formaban parte del mundo social y artístico de Proust. Los retratos son extraordinarios; al gozo de ver esa galería que desarrolla todas las posibilidades del arte retratístico, con imaginación y perfecto buen gusto, se añaden los pies de foto que los acompañan y en los que leemos el modo en que todos esos hombres y mujeres estuvieron relacionados con Marcel —e incluso, en el caso de que haya sido así, nos enteramos de quiénes son los personajes de la novela que fueron creados a partir de sus rasgos físicos, sus costumbres o su moral.

Durante mi lectura de hace tres décadas y media tomé infinidad de notas; tantas, y de modo tan prolijo y detallado, que ahora me resultan poco menos que inútiles. Por esa razón conservo los tres cuadernos marca Scribe de tapas azules que resultaron de la cuidadosa lectura que fue tan significativa para mí sobre todo como un singular testimonio de los días del nacimiento de mi grandísimo amor por la portentosa novela. A esos tres cuadernos, intensamente juveniles y proustianos, voy a referirme en una entrega futura de este blog.

Más sobre Proust en Siglo en la brisa:

En busca del tiempo perdido: tres pasajes inolvidables

Wilde en Proust

El museo imaginario de Marcel Proust

Mi carta de Proust, a subasta

La carta de Proust: el texto y las imágenes

Un comentario en “Proust, 35 años después

  1. Estoy leyendo la obra de Proust (apenas en el tercer tomo) y la estoy disfrutando mucho. Lástima que hasta hace muy poco reparé en la importancia de leer una buena traducción, respaldada obviamente por una buena editorial.
    Leer a Proust es como entrar a un mundo en el que todo te cuenta algo: una taza de té, unas magdalenas, unas escaleras, una iglesia, un jardín, la playa, unas flores en el pecho de una dama, una pintura, la lluvia, una mirada, un libro.
    Bueno, a medias recuerdo, a medias olvido.

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