Cuánta razón tenía Guillermina, la preciosa octogenaria que tuve la inmensa suerte de conocer y tratar a principios de siglo, durante el lustro que viví en Asturias y frecuenté todo lo que pude la región cabraliega, cuando afirmaba, con su característico sentido del humor, que la explicación de que el famoso queso comarcano fuera redondo estaba en que, gracias a ello, podría rodar por todo el mundo. La semana pasada, al final de la comida con mi antiguo maestro de la Facultad de Filosofía y Letras y querido amigo Gonzalo Celorio, viví una modesta epifanía en cuyo centro estuvo un queso de Cabrales.

Mi amigo, el novelista y académico de la lengua Gonzalo Celorio. La foto fue tomada a principios de noviembre de 2020. Foto: FF

Algo propicio debía de haber en el ambiente ya que poco antes de sentarnos a comer, obligados por el coronavirus, como si fuéramos dos viejos aristócratas rurales, cada uno en la punta opuesta de la mesa alargada del comedor, nos dimos cuenta de que estábamos leyendo el mismo libro. Me hablaba él de los relatos que escribe actualmente, independientes entre sí pero ligados por tono y género, cuando le conté de un libro que leía yo esos días, precisamente una serie de relatos presentados como autónomos, las aventuras del Príncipe Florizel de Bohemia, reunidos en las Nuevas…

Nuevas noches árabes de R.L. Stevenson. Perla ediciones, México, 2020.

—¿Las Nuevas noches árabes de Stevenson?— saltó Gonzalo, para añadir con una amplia sonrisa de satisfacción que la víspera había empezado a leer ese mismo exacto libro. Me dejó ver el volumen que leía desde la noche anterior: aunque en ediciones distintas, él en la de Grandes Clásicos Mondadori y yo en la de Perla ediciones, mi amigo novelista y yo estábamos leyendo la misma traducción del mismo libro de Stevenson.

Le dije entonces yo a Gonzalo que lo que más me había gustado de los dos primeros ciclos de relatos reunidos en las Nuevas noches árabes, además del extraordinario párrafo final del último cuento (“La aventura del príncipe Florizel con un detective”), es la inteligencia con la que el escritor escocés reúne unos textos en apariencia independientes, pero hilados entre sí con sutileza y pericia, para conformar una suerte de novela engañosamente armada como colección de relatos. (A decir verdad, ya debería de haberme acostumbrado a ese género de coincidencias con Celorio puesto que la última vez que lo vi, o quizás más bien fue la penúltima, a principios del otoño del año pasado, resultó que los dos estábamos releyendo a Proust…)

Malena Mijares y yo acompañamos a Celorio en el homenaje que el Instituto Nacional de Bellas Artes rindió a nuestro amigo por sus 70 años de vida. Marzo de 2018. Foto: Rodulfo Gea, de la CNL del INBA

Muchas cosas me unen a mi maestro, además de los casi treinta y cinco años de amistad ininterrumpida. Entre ellas, los comunes orígenes asturianos de nuestras respectivas familias paternas: mi abuelo nació en la aldea de Asiego, en Cabrales; el suyo, en el pueblo de Vibaño de Llanes. Entre uno y otro pueblo hay apenas veinte kilómetros.

El metal y la escoria. Imagen de la portada de las ediciones española y argentina de la novela de Celorio.

Yo conté en Oriundos el modo en que emigraron mis antepasados a México; Gonzalo, unos años antes, había contado el caso de su familia en El metal y la escoria. El título de su novela se refiere a cuanto retiene y desecha la memoria, tanto lo esencial como lo baladí, y acude para ello a un verso Borges —el mismo Borges que enlistó famosamente sus gustos mencionando, además del sabor del café y los relojes de arena, de las etimologías, los mapas y la tipografía del siglo XVIII, la prosa de Robert Louis Stevenson.

Robert L. Stevenson.
Foto: Wikipedia

—Tengo una vianda para ti, exclamó a la hora de los postres Celorio, actual director de la Academia Mexicana de la Lengua, echando mano de ese término propio del español que hablamos los mexicanos, al tiempo que se levantaba de la mesa. Ni siquiera pasó por mi cabeza el que se tratara de un queso de Cabrales hasta que lo vi volver con un pequeño plato en el que distinguí el envoltorio de papel aluminio de color verde del Consejo Regulador del producto regional. Mi mente, que a veces viaja más aprisa de lo que yo desearía, aventuró la posibilidad de que fuera de Asiego.

Aquí debo hacer una pequeña aclaración: a pesar de lo que creen algunos, o quizás más bien de lo que dan por hecho de manera automática, Cabrales no es el nombre de un pueblo, sino el de una comarca. La capital del concejo es Carreña, y la villa de Arenas su núcleo más poblado. Asiego es sólo uno de los casi veinte pueblos que conforman la región cabraliega. Por lo menos en siete u ocho de esos pueblos se fabrica el famoso queso.

Gonzalo acercó el plato a mi extremo de la mesa y yo viajé a la velocidad de la luz aventurando la posibilidad de que fuera del pueblo de mi abuelo. ¿O fue que leí, más rápido de lo que informaron mis ojos, que la etiqueta decía “La Pandiella”? Es éste el nombre de un sitio de Asiego tan horizontal como la palma de la mano, cosa algo rara en un pueblo compuesto mayormente de desniveles y declives. El prado principal de ese sitio fue propiedad de mi bisabuelo Fernando y luego de sus hijos, entre ellos mi abuela Fernanda. Cuando mis abuelos pusieron en venta los prados que heredaron en Asiego, la familia Mier, algo pariente de la mía, se quedó con La Pandiella.

Una vez que confirmé el nombre comercial del queso, me levanté con el plato en la mano en busca de buena luz para intentar descifrar las letras más pequeñas de la etiqueta. Me puse los lentes, acerqué los ojos y vi escrito con toda claridad (aunque la foto no haga justicia a la claridad que se encendió en mi interior), perfectamente legible, hermoso y sereno, el nombre de Asiego de Cabrales.

Mandé una foto al pueblo, a mi amigo Javier Niembro, quien a su vez la transmitió a Pepe Mier, uno de los principales productores del queso comarcano. En un segundo, el queso, siquiera en imagen, estuvo de vuelta en el pueblo. Gonzalo no quiso saber nada de devolverlo a la cocina: una vez que comimos de él, lo puso en mis manos, como un regalo. Aquella pieza de queso de Cabrales que lleva el nombre de un lugar ligado a la historia de mi familia, y que fue acaso fabricado en ese preciso sitio, había rodado por el mundo para recalar en las manos de mi maestro, de donde todavía rodó otro poco hasta caer en las mías.

Com Guillermina. Asiego de Cabrales (Asturias), ca. 2002.

4 comentarios en “Epifanía (con queso de Cabrales)

  1. Leí Oriundos el año pasado y en un reciente viaje a España me lleve algunos ejemplares para regalar a mi familia (asturiana). Mi tío Honorio que cumplió 80 años en diciembre al ver la foto de la portada exclamó sobre lo soprendentemente parecida a fotos que el recuerda (y yo también) haber visto de mis abuelos y de el mismo siendo un infante. Bello el viaje de ese queso de Asiego hasta la mesa compartida con el maestro Celorio. Como la magdalena de Proust seguro que hizo brotar muchos recuerdos.

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  2. Tal vez las casualidades no existen. Tal vez ese Cabrales estaba destinado a despertar hermosos recuerdos de un asturiano que conserva el amor por sus ancestros y por la tierra que les dio su ser. Desde Euskadi, vaya mi saludo saboreando el hermoso texto.

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