Tan apremiante era la situación, y tan aguda la urgencia de salir lo antes posible de ella, que bien pudo grabarse el pequeño episodio en mi recuerdo aun si no existiera la fotografía. Lo que es innegable es que la instantánea, hecha en el Sanatorio Español de la Ciudad de México a finales de la década de 1960, jugó un papel determinante para que eso fuera así.

Foto de grupo. Sanatorio Español de la Ciudad de México. Foto: FFB

Aunque he preguntado aquí y allá, ignoro quiénes son los personajes de la izquierda, quiero decir la familia bien amalgamada que conforman el señor de la corbata estrecha y las mangas cortas, su mujer, sus tres hijos. Mi primo Javier, sólo unos meses más joven que yo, a quien toma de la mano nuestro sonriente abuelo común, está quizás al tanto de la comprometida circunstancia en la que me veo envuelto, y hasta me parece que, si no estuviera admirando el repentino florecimiento de la niña colocada del otro lado del grupo, compartiría conmigo una compasiva solidaridad. ¿Estará mi madre al tanto de lo que estoy padeciendo?

Mi amigo Jonathan López Romo coloreó digitalmente la fotografía, con ayuda de la inteligencia artificial. Aquí el resultado, con mi agradecimiento a él.

A ella le encanta referir algunas anécdotas que prueban que fui un niño algo rebelde, así que puedo imaginar una posible explicación: hace no mucho pasamos delante de un baño, y mi madre me invitó, en el muy probable caso de que la tuviera, a desahogar cualquier necesidad. Me negué de modo categórico y ahora pago, con plena justicia, y pagaré la penalidad que me corresponde siquiera durante los minutos que sigan al eterno instante del encuadre, la búsqueda del foco, el clic. Fotógrafo sin prisas, mi padre, autor de la estampa, ha subrayado con perfecto sentido del humor el lugar central que ocupo en el grupo, colocando de ese modo el drama en el corazón de la escena. ¿De dónde habré sacado, qué es lo que justifica, cuál será la causa de que luzca ese sombrero cordobés que pone un toque graciosamente irónico al movimiento de una pierna sobre la otra, en el intento de evitar que lo inevitable se produzca, apretando con una mano en la que llevo un clavel blanco? El niño que está a mi derecha, presa de una sutil pero evidente crisis de intimidación ante la cámara, trae puesto un sombrero mexicano. ¿Hemos estado en una fiesta infantil que celebra las relaciones entre México y España en la vecina ala de Maternidad? ¿En un bautizo?

Apenas en enero de este año, a la puerta de Urgencias de ese hospital, mientras mi padre era sometido a un reconocimiento médico después de un susto, sonreí al recordar el momento de la vieja foto puesto que tenía desplegado delante el escenario retratado en ella, aunque oculto casi por el follaje de casi 60 años que prácticamente, al menos desde donde miraba yo, ha terminado por ocultarlo. Al misterioso objeto que sostiene mi abuelo en la mano izquierda quizás dedique algún día de estos una divertida entrega de este blog.

Uno de los eternos gatos que conforman, junto con los fresnos centenarios, el horizonte clásico del Sanatorio Español de la Ciudad de México. 7 de enero de 2024. Foto: FF

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