Lo cuenta Alfonso Reyes en «Una discusión literaria», quinta parte de su «Rubén Darío en México» (Obras completas IV, desde la página 301). Cedo al irresistible placer de compartir el delicioso episodio entre quienes siguen este blog. (Nota: los leísmos son de don Alfonso y quizás merezcan un pequeño comentario aparte, otro día.)

Una discusión literaria

por Alfonso Reyes

Alfonso Cravioto, en nombre del Ateneo, fue hasta Veracruz a llevarle nuestro saludo, y pudo acompañarle en su viaje de Jalapa al puerto. En el mismo coche viajaba cierto sacerdote aficionado a las cosas literarias. No pudiendo resistir la atracción del dios, rogó a Cravioto que lo presentara con Darío, de modo que pudiera charlar con él a lo largo del viaje.

Hízose. El sacerdote tuvo que rehusar la copita que Rubén Darío le convidara; se sentó a su lado, y empezó la charla literaria. De un poeta en otro, y desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, hubieron de dar alguna vez en Julio Flórez. Como Darío hiciera una muequecilla dudosa, dijo el buen sacerdote:
—Sí, ya lo sé; a usted no le convence Flórez, porque Flórez no es de su escuela…
Y, a boca llena, con toda la inconsciencia de un niño a quien han enseñado a repetir una palabrota, Darío le interrumpe, enfrentándosele:

—Yo no tengo «escuela», no sea usted pendejo.

Ahuyentado, el buen sacerdote –a quien ya podemos mirar como una señal de nuestros tiempos, como un verdadero símbolo –corre a refugiarse al último asiento del vagón.

Tomo esta foto y la que abre el post de la página en línea de la Dirección General de Divulgación de las Humanidades, donde se informa que provienen ambas del libro Estudios sobre Rubén Darío, compilación y prólogo de Ernesto Mejía Sánchez, México, FCE-Comunidad Latinoamericana de Escritores, 1968, s/p.

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