
En el verano de 1993 hice una entrevista por escrito a Gerardo Deniz, quien acababa de cumplir 59 años y disfrutaba desde hacía no mucho del reconocimiento entusiasta de un grupo de lectores que iban de Gabriel Zaid, contemporáneo suyo, a los poetas y críticos mayormente jóvenes asociados al Semanario Cultural de Novedades, el suplemento que dirigía José de la Colina. La idea era incluir el resultado en el número del primer aniversario de la revista Viceversa, que iba a publicarse en noviembre de aquel año. El 20 de diciembre próximo (esto es: en dos semanas exactas) se cumplirá una década del fallecimiento del gran poeta hispanomexicano, motivo por el cual recupero aquella memorable entrevista.

Entrevista con Gerardo Deniz
Fernando Fernández
Tiene 59 años y Gabriel Zaid acaba de describirlo como el poeta más joven de México. Su nombre significa polémica: hacía tiempo que la obra y las opiniones de ningún otro autor de poesía habían causado tanto revuelo en los ambientes literarios. Ante ellas nadie se queda impasible. Gerardo Deniz figura hace no mucho en la lista de los escritores mexicanos más reconocidos, y eso se debe entre otras razones a la labor de un sector de la crítica joven de nuestro país, que ha encontrado en sus poemas una nueva manera de relacionarse con la poesía. En esta entrevista concedida a Viceversa, Deniz habla sin pelos en la lengua sobre algunos temas candentes y opina sobre la obra que lo ha convertido en uno de los autores esenciales para entender el panorama de la literatura mexicana de los noventa.
—¿Cuál es el origen de tu seudónimo?
—Gerardo se llamaba un abuelo mío y me iba a haber llamado yo. Deniz significa “mar”.
—¿Te describen correctamente las palabras “erudito”, “hosco”, “raro”, “heterodoxo”?
—No. Hosco puedo serlo, a ratos. Nadie tiene la menor idea de lo que es auténtica erudición, y así basta saber la tabla del once para que lo crean a uno erudito. Con lo demás, por lo consiguiente. Eres un raro porque estudias un poco de chino, lengua de 25 por ciento de la humanidad. Afirmas, lo cual es evidente, que entre los poetas no hay más gente extraordinaria que entre los vendedores de lotería: ¡heterodoxo!
—¿A qué se debe que tu poesía sea de tan difícil lectura?
—Aceptando, sin conceder, que yo escriba poesía, diré que no soy más difícil que la inmensa mayoría actual. Hace poco, después de escuchar a cierto poeta consagrado, un amigo me comentaba, más o menos, que mamarrachadas como “mi voz brota de la roca” no significan absolutamente nada pero son recibidas con aplausos. ¿Qué es lo difícil? Yo le respondía: lo único difícil es convencerse de que en verdad así están las cosas.
—¿Con qué obra del pasado te gustaría que fuera identificada la tuya? ¿A cuál se parece? En ese sentido, ¿cuáles son tus influencias?
—Con la obra del Tajo de Nochistongo. Ignoro a qué se parezca. Me influye todo lo que he vivido y leído (poesía es lo que menos).

—¿Eres capaz de definir tu estilo?
—Oblicuamente: es lo que me impide participar en concursos, pues me reconocerían y mandarían al carajo.
—¿Tiene algo que ver, como parecería natural, con alguna tendencia de época?
—Claro que sí. Con la tendencia a la síntesis, como en Woodward, y con la tendencia a la comparación, como en Dumézil.
—¿Tienes idea de lo que es el neobarroco? ¿Te dice algo una expresión como “el horror al vacío”?
—No tengo ni la menor idea. La mencionada expresión, de procedencia aristotélica, evoca aquellas discusiones del XVII en torno al barómetro de Torricelli.
—¿Has leído a José Lezama Lima? ¿Qué opinión tienes de él?
—Leí el primer par de páginas, intragables, de una monstruosidad llamada Paradiso y los últimos versos de no sé qué poema. Según estas lecturas y ochenta pomposos retratos, aquel señor era un payo de la cultura.
—Considerando que tu trabajo más reciente resulta de una lectura un poco menos difícil, ¿podría decirse que el camino de tu obra hacia la madurez es un camino hacia el entendimiento, hacia la claridad?
—En estos menesteres es difícil una claridad mayor que la mía. Los fenómenos a los que te refieres deben de ser lamentables delicuescencias de la vejez.

—¿Puedes hablarme brevemente de tu procedencia científica?
—Brevemente, imposible. Pero llevo escritas muchas páginas al respecto y espero continuar. Si el proletariado las reclama, aparecerán, salpicadas de erratas, después de mi muerte.
—¿Cómo comprende un racionalista radical las zonas de la vida que no son explicables pensando? O dicho de otra manera, ¿cuáles son las fisuras de una visión de la vida completamente racional?
—Eso que se lo pregunten a los novelistas entregados a sus soporíferas exposiciones de mundo, demonio y carne. Un genuino racionalista sabe, ante todo, qué cuestiones (científicas, por supuesto) son planteables y entretenidas. Fuera de eso, todo es una olla de grillos fastidiosa, donde el llamado irracionalismo, cuando no es desvergüenza, es sinvergonzada.
—¿Perteneces al grupo de la revista Vuelta?
—Publico en la revista y la editorial Vuelta, como en otras veinte revistas y editoriales. Jamás he pertenecido a los consejos, directorios, mesas, o como se llamen, de Vuelta. ¿Conclusión? La de los imbéciles no va a cambiar por esta respuesta.
—En una reciente nota en la que presentas un cuento de Pedro Miret hablas de “la capilla de nadies encargada de estorbar hasta por unas décadas la apreciación de todo autor que valga”. ¿No te parece un poco exagerado? En todo caso, ¿a cuál capilla te refieres?

—No, no me parece exagerado. En todo caso, una capilla de nadies es, como su nombre indica, imposible de ser señalada con el dedo. Sólo apesta e influye, pesa.
—¿No eres tú mismo un autor cuyo reconocimiento proviene de una de esas “capillas”?
—No hay ningún reconocimiento digno de mención (salvo mi satisfacción personal), ni falta que hace.
—¿En qué consiste, desde tu punto de vista, la crítica que te hizo Evodio Escalante? ¿Puede decirse que fue una crítica legítima?
—Aquel formidable artículo es la cosa que más he agradecido (olvidaré ahora alguna diarreílla suya posterior). Qué autorretrato del artista rojescente. En una página, ¡todo! El cretinismo, la retórica, la mala fe, el desconocimiento, la ñoñez disfrazada de desenfado, las alusiones a Vuelta y al dinero, la intelectuosidad carcajeable. Hasta no recuerdo qué mierda sobre jáideguer y los dioses (¡arroz!).

—¿Podrías explicar en qué consiste la crítica que haces a José Emilio Pacheco? ¿Por qué es tan agresiva? ¿Es justo decir que se trata de un ataque personal?
—Se trata de un ejemplo de división del trabajo. Pacheco denuncia casi todo el mal del mundo. Por mi parte, me encargo de un escritor chirle que, curiosísimamente, se ha convertido en fetiche grotesco. Hace veinte años lo leí; si hoy lograra aún leerlo, conseguiría yo ser un poco más agresivo. En cuanto a personalizaciones, las aprendí de esa rojetería a la que Pacheco adula porque le conviene. Es un caso parecido (no idéntico) al del Klein Zaches de Hoffmann, que todo nene culto conoce.
—¿A qué obedece, a tu juicio, el hecho de que nadie, ni Pacheco mismo, haya respondido a tus ataques? ¿Se debe, quizá comprensiblemente, a que tu agresión está fuera del tono de las discusiones públicas que preferimos en México?
—Los paniaguados espirituales del Zorrocloco anunciaron refutaciones que nunca llegaron. El ninguneo es lo más nuestro y resulta, a veces, lo más prudente. Además, saben a la perfección que cuanto digo es verdad. Quien quiera ejemplos máximos de farisaísmo de Pacheco, que escuche a sus incondicionales hablar entre ellos. Precisamente así empecé a darme cuenta de las cosas.

—¿Qué opinas de lo que dijo Margarita Michelena, que de tus poemas ella podría hacer veinte al día? ¿Fue por eso que le dedicaste el poema “Fecal”, divagación sobre las deposiciones de los seres mitológicos?
—Yo, que apenas conocía el nombre de esa dama, descubrí de pronto su utilidad para reconstruir los hábitos del pterodáctilo y demás reptiles coprófagos, incluyendo un estilo periodístico floripondioso divertidísimo. Ojalá de veras me honrase con una imitación.
—¿Qué papel juegan en tu aversión a los intelectuales de izquierda y los sicoanalistas sudamericanos los años que trabajaste para la editorial Siglo XXI?
—Un papel esencial, por supuesto. Acerca de los grandes personajes militares, decía un viejo refrán que había de ser muy héroe quien se lo pareciese al sargento que le quitaba las botas. Pues bien, la situación es análoga entre el intelectual y el erratonero de editorial, como yo. Y en los prados floridos del marxismo latinoamericano se alcanza, en esto como en todo, la perfección.
—¿Cuál fue tu experiencia en España (en donde estuviste recientemente), país en el cual naciste y al que no habías regresado en más de cincuenta años?
—Fue mucho más agradable de lo que esperaba. Claro que mi situación era monstruosa, sin tener nada que hacer sino comer, beber y caminar, pero pienso que aun en condiciones más reales habría estado a gusto. En especial me agradaron las mujeres, y no sólo por guapas, lo cual ya sabía.
—¿Hay algo en tu carácter y en tu manera de proceder que revele tu origen español?
—Tanto como revelar, no. Determinadas asperezas mías parecen ser, estadísticamente hablando, más frecuentes en España que en el Anáhuac.

—¿Cuál ha sido tu relación con el exilio español del que formas parte?
—Con unos cuantos exiliados como yo, siempre me he llevado bien, pero con el exilio no me relacioné nunca pues se sustentaba de actitudes que me eran y son ajenas.
—¿Cómo te explicas el hecho de que a pesar de ser reconocido con tanto entusiasmo por ciertos críticos tu obra sigue siendo inapreciada y desconocida, y su importancia frecuentemente ninguneada?
—Eso debería dar que pensar a esos tres o cuatro críticos. Confieso que las respuestas más rectilíneas herirían demasiado mi natural modestia. Prefiero subrayar que me he portado con poco savoir faire, y que pretendí engañar a conocedores dándoles gato por poesía.

—Según podría leerse de tu biografía, es posible que seas visto en unas décadas como un poeta que renunció a todo por la poesía. Considerando que no tuviste éxito en tus otras vocaciones (mismas que has descrito como más importantes), quizá los críticos del futuro piensen que fue la poesía lo que te salvó de darte un tiro. ¿Cómo te defenderías de esto?
—Si algún día (cosa improbable) alguien ve así mi caso, será porque se habrá enterado de algunos datos de mi vida, pero de otros no. Por qué habría de ocurrir algo tan raro. Y, si va a ocurrir, qué me importa. Por otra parte, escribir me ayuda, de tiempo a esta parte, a sobrevivir no de elevados desastres que, con el tiempo, van digiriéndose, sino de una vida inmunda donde comprar unos zapatos hace fluctuar alarmantemente mi economía durante un mes.
—Has declarado una y otra vez tu hastío por los trabajos editoriales y de traducción, de los que has vivido. ¿Cuál es, si la hay, la parte positiva de esa experiencia?
—No la hay.
—¿Tienes rencores?
—No, por desgracia, pues ayudan enormemente a vivir y a progresar, según me he dado cuenta. Por simple memoria, no olvido quién me agravió, pero, pasado el primer rato, aunque se muera, yo no siento nada, nada, nada.
—Di tres deseos.
1) Una lámpara de Aladino. 2) Un instructivo acerca del régimen fiscal de dicha lámpara. 3) Lo diré al acabar de hojear dicho instructivo, antes de enfriarme.
—¿Consideras que tu lucidez y la consistencia de tu postura han sido un obstáculo para tu felicidad personal?
—¿Quién respondería que no?
—¿Cómo definirías su vida, ahora que estás por cumplir 60 años?
—Como una verdadera chingadera que se convertiría en algo muy agradable con sólo disponer de los ingresos de cualquier economista de mala muerte.
