
El 3 de marzo de 1992, en el Centro Cultural San Ángel, fue entregado el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores correspondiente al año 1991, concedido a los poetas Vicente Quirarte y Gerardo Deniz. El breve discurso de recepción leído por Deniz, merecedor del premio por el libro Amor y Oxidente, causó alguna controversia, fundamentalmente porque no fue comprendido. El momento cumbre del equívoco lo protagonizó, en su columna del diario Excélsior (10 de abril de 1992, pág. 7-A), la periodista Margarita Michelena, quien, además de reprobar la apariencia física de uno de los jurados, se refirió desdeñosamente al texto llamándolo «asaz desagradables palabras al final de la ceremonia» –cosa que al poeta y sus amigos nos hizo tanta gracia que de ese modo lo titulamos, cuando lo publicamos por primera vez–. Treinta años más tarde, aquella sobria alocución sigue siendo útil para conocer el acercamiento de Deniz a la poesía.

Discurso de recepción del Premio Villaurrutia 1991
por Gerardo Deniz
Si hace 35 o 40 años me hubieran pronosticado que en esta fecha estaría recibiendo un premio, me habría parecido la cosa más natural. Ahora bien, aunque ya conociese yo aquel aforismo de que para el científico la naturaleza no es una madre sino una suegra, de haber sabido entonces que el susodicho premio sería otorgado a mi poesía, hubiera llegado a la conclusión de que, si no ya la naturaleza, mis conciudadanos se habían tornado surrealistas militantes.
Con estos circunloquios quisiera dar a entender, sin entrar en autobiografías enojosas, que no provengo de la literatura, e incluso que quizá tampoco me dirijo hacia ella. Por confesarlo de una vez –no sea que se me olvide luego–, la literatura me importa cada día menos. Espero que esta franqueza me excuse, en parte siquiera, al plantear dos o tres puntos de vista un poco heterodoxos.
En primer lugar, he observado que para muchas personas el analizar qué es poesía constituye un verdadero placer de dioses, aunque yo no lo comparta. En el lugar de donde yo provengo, tales empeños no tienen cabida. No por irracionalismo –qué horror–, antes al contrario. Procedo, digo, de un rumbo mental donde las definiciones, ahondamientos y telarañizaciones sólo interesan en la medida en que ayudan a entendernos, transitoriamente, lo suficiente para seguir andando. De ahí que me conforme con “definiciones” –entre comillas– como: “Literatura es lo que aparece en colecciones o publicaciones periódicas reconocidamente literarias”; o bien: “Nuestra poesía son textos que se suspenden de pronto y se reanudan al margen izquierdo”. Lo que, en el infierno, llamamos “definiciones operacionales”.
En segundo término, veo –empirista de nuevo– que la literatura, y en especial la poesía, es objeto de una consideración que tal vez merezca, como entrega auténtica que es o debe ser, pero que también disfruta de un prestigio en mi opinión excesivo. Sobre todo porque viene formando –¿cómo decirlo?– una especie de cortina de humo. Creo que se han colado –sería interminable analizarlo– factores sospechosos que le piden o le endosan a la poesía cualidades extravagantes.
Como decía, toda esa problemática la encuentro indiferente. Lo que sí me molesta, debo reconocerlo, es que conceptos discutibles sirvan de excusa para que se nos pise los pies en el nombre de quién sabe qué peculiaridad –más bien impunidad– de los escritores. Peculiaridad que se derrama, desde su legítimo campo de validez, literario, hasta la vida en común. Pues bien, aun en el remoto caso de que la poesía fuese algo tan grande como a menudo se afirma, ciertas pretensiones serían insufribles. Lo son, quiero decir. ¿No estaríamos a tiempo de reaccionar? Traten de imaginarlo: un mundo donde todos los poetas, sin dejar de escribir exactamente lo mismo, tuvieran que ser, en lo demás, personas ordinarias. Como método de coerción propongo la risa.
Ruego tener en cuenta que se me está premiando por mi cuarta o quinta vocación (pues he abreviado con clemencia aquella autobiografía). Cuál no será mi agradecimiento, entonces. Permítaseme asimismo pedir un poco de comprensión: puedo asegurar que hace tres decenios no habría yo sido tan convencional como ahora, aunque en muy diferentes terrenos.
Gracias, Alí Chumacero, a quien desde hace mucho no leo ya, porque lo sé de memoria. Gracias, José Luis Rivas; fue espléndido, hace apenas unos años, descubrir que aún lograba yo descubrir algo. Gracias, don Ernesto de la Peña; usted y yo disfrutamos de las lenguas finougrias: no queda dicho todo, aunque tampoco sea poco decir.
Y muchas gracias a ustedes, desde luego.
(Originalmente publicado en la revista Milenio, número 9, mayo-junio de 1992)
