
Mi querido Jose: hace todavía no mucho me preguntaste si podía decirte algo sobre lo que pensaba Montaigne acerca del amor. Estaba con la cabeza tan metida en otros asuntos que no pude ni quise contestarte, sobre todo porque hubiera tenido que hacerlo apresuradamente. Luego olvidé tu petición. Estos días, el azar de las lecturas ha terminado por conducirme de nuevo a los Ensayos, y acabo de toparme de frente con aquello por lo que me preguntabas. Es curioso por cuáles caminos.

Leía yo un libro precioso, nuevo para mí: el estudio que Lampedusa dedicó a Stendhal. Al referirse a una de las obras más populares de éste, una colección heterogénea de apuntes, reflexiones y anécdotas que quizás conozcas o te suene, llamada Del amor, el escritor siciliano dice de ella que su gran defecto de composición exterior (el que anuncie un ambicioso proyecto expositivo del cual luego no se vuelve a acordar) bien podría perdonarse “si fuese sustituido por un orden orgánico interior”, del que también carece, al contrario, añade, de lo que ocurre con el ensayo que al mismo tema dedicó Montaigne (Stendhal, editorial Trieste, Madrid, 1977, pág. 48).

Es muy sabido que los ensayos de Montaigne están regidos por una libertad que parece, y frecuentemente resulta, caprichosa: empiezan en un determinado lugar y nunca se sabe a dónde van a conducir, ni mucho menos por cuáles rumbos, lo que constituye uno de sus principales encantos. Tan famosa como la libertad con la que fluyen es la unidad interior que los hace de una pieza: una trama de la misma materia y color, aunque resistente y flexible, donde van tejiéndose las reflexiones y las citas (casi excesivas en los primeros ensayos, casi escasas en los últimos), todo ello con perfecta naturalidad, espontáneamente y sin plan visible.

Cualquier tema resulta de oro cuando lo toca Montaigne. La variedad y la riqueza de su cultura (¡el Renacimiento es él!), pero también su enorme sensatez y profundo desengaño, lo hacen iluminar los asuntos con una luz esclarecedora y compasiva. Además, mientras más lo lees, lo entiendes mejor y te aficionas cada vez más a él. Allá por 1984, a impulso de Juan José Arreola, quien elogiaba con frecuencia a Montaigne en las pocas clases que alcanzó a darnos (pienso que fue el último año que asistió a la Facultad porque ya no terminó de impartir ese curso), intenté leerlo por vez primera, en una edición universitaria prologada por él mismo, pero no obtuve ningún resultado.

Y es que no es lectura para cualquier edad y no porque a mí me haya resultado ilegible a los veinte años, sino porque sólo puede entenderse como es debido con el paso del tiempo. Lo mismo acaba de sucederme al releer La Cartuja de Parma, que he entendido mejor y me ha gustado más que nunca quizás porque la primera vez que leí la novela lo hice a la cándida edad de Fabrizio del Dongo, y en esta ocasión, casi cuarenta años más tarde, lo he hecho a la del escarmentado Conde Mosca.

El ensayo al que se refiere Lampedusa, y del cual elogia la unidad interior que falta al libro sobre el amor de Stendhal, se titula “Sur quelques vers de Virgile” (“Sobre unos versos de Virgilio”). A propósito de un pasaje de la Eneida, en que vemos a Venus durante el acto sexual con Vulcano, con excesivo calor para ser marido y mujer, como Montaigne no deja de observar con divertida ironía, el ensayista francés, más que hacer un recuento de lo que pensaba sobre el amor, desarrolla el tema con la maleabilidad y la improvisación que tan felices resultan en él.

Imposible enlistar siquiera en este breve espacio todos los temas acerca de los cuales dice algo: sobre si puede existir el amor en el matrimonio, o sobrevivir siquiera la llama sexual en ese apretado estado civil; sobre la educación de las mujeres; sobre el miembro viril; sobre los celos y la envidia; sobre el deseo; sobre la infidelidad y los cornudos; sobre la utilidad de la pasión amorosa en la edad madura; sobre los sueños; sobre las diferencias que hay en la pasión amorosa entre los españoles y los italianos… Para ello, además de su rica experiencia propia, y de su asombrosa capacidad de análisis, acude a Ovidio, Petronio, Marcial, Platón, Cicerón, Séneca, Horacio, Plutarco, Diógenes Laercio, Aristóteles, Lucrecio, Virgilio (por supuesto), Juvenal, entre otros… Esto es, a una serie de autores de la Antigüedad muy representativa de los más de cincuenta, nada menos, que Montaigne conocía y manejaba a la perfección, según el erudito análisis de Pierre Villey (otro día te hablaré de Pierre Villey).

¿Cómo entender, si no es a nuestra edad, una frase tan aguda como aquella que leemos en las primeras páginas del ensayo admirado por Lampedusa: “Me defiendo de la templanza como me defendí en otros tiempos del placer” (pág. 1254)? Sólo esa frase me dejó reflexionando varios días… Considera que Montaigne, quien se refiere a su edad avanzada, ronda los cincuenta años, diez menos que nosotros ahora. La idea que tiene del amor se la ha proporcionado el tiempo, que para él se acerca a su término, y por tanto su consejo es tan desinteresado como confiable.

Así que aquí tienes mi respuesta, querido Jose. Si quieres saber lo que Montaigne pensaba sobre el amor, te recomiendo que abras su libro por cualquier página y lo leas libre y azarosamente, demorándote todo lo que puedas en él; aquí, allá, encontrarás lo que pensaba sobre infinidad de cosas, y entre ellas, más pronto que tarde, aunque frecuentemente de paso, en diversas ocasiones, el amor. Pero si te sientes impaciente por llegar a lo que sabía o decía sobre ese tema en específico, abre los Ensayos y acude directamente al titulado “Unos versos de Virgilio”, que puedes leer desde la página 1253 en la edición de Acantilado que tenemos los dos.