
No dudo que el documento que encabeza este artículo resulte extraño a quienes no están el tanto del modo en que se hacían las revistas aún a finales del siglo anterior, poco antes de que el mundo cambiara, sobre todo como lo ha hecho desde la llegada de la cultura digital. La retícula, como llamábamos al documento, servía para poner en papel la secuencia en que habrían de presentarse los textos, las imágenes y los anuncios publicitarios del número en preparación. Era el conducto a través del cual los editores de la revista informábamos a nuestros diseñadores gráficos del orden que debía seguirse para la disposición de los materiales. El mapa que había de regirnos a unos y otros durante el proceso editorial. Todavía sonriendo delante del singular documento, al exhumarlo del sitio en donde estuvo durante el último cuarto de siglo, me pregunté por la causa que me hizo conservarlo. ¿Por qué no se fue al bote de la basura como lo fueron todos los que hicimos durante los ocho años y medio que publicamos Viceversa?

En lo que me planteo la pregunta, reconozco la letra de la gran editora Mónica Braun, en esa época responsable de la revista —época dorada, por cierto, cuando el equipo estaba conformado por ella y los talentosos Roberto Max Erhsam y Fernanda Solórzano, Israel Galina Vaca y Soren García Ascot—. Como puede saberse por la información que ofrece la retícula, el número 53 de la revista, aparecido en octubre de 1997, fue dedicado a asuntos gastronómicos en su sentido más amplio y generoso. Los temas principales fueron, en este orden, los siguientes: una selección de los diez mejores restaurantes de la Ciudad de México sacada en claro por Felipe Jiménez García-Moreno a partir de la opinión de un grupo selecto de amigos de la revista, entre quienes estaban la actriz Ofelia Guilmáin, el publicista Enrique Gibert, el artista José Luis Cuevas y el banquero Adolfo Lagos Espinosa; una muestra del Recetario del Quijote confeccionada para nosotros por el propio Felipe Jiménez García-Moreno y su hermana Marta, y que luego aparecería en forma de libro bajo el sello de la editorial que hacía Viceversa; una guía escrita por algunos conocidos autores para adentrarse en la naturaleza y los secretos de las principales bebidas alcohólicas, coordinada por Hernán Lara Zavala, que incluyó firmas como Gonzalo Celorio, Ernesto de la Peña, Mónica Lavín, Carlos Montemayor, Gerardo Deniz, Eduardo Casar o Paco Ignacio Taibo I; por último, un ensayo de Juan García Ponce sobre la comida yucateca.

La portada, en mi opinión una de las más hermosas de la historia de Viceversa, reproduce una imagen del fotógrafo barcelonés Pep Ávila, amigo de la revista y miembro de nuestro consejo de colaboradores. Aparece sobre ella el sello que hace constar la obtención del premio al arte editorial en la categoría de publicaciones culturales otorgado por el gremio de los editores mexicanos, que nuestra revista acababa de ganar (como hizo al menos en dos ocasiones más).

Sólo quien no sabe cómo se hace una revista, sólo esa persona ignora que los editores de ese género de publicaciones de aparición periódica luchamos contra el tiempo, y que una buena cantidad de nuestras acciones, y todos nuestros esfuerzos, están encaminados a cumplir con la fecha anunciada en la portada. Una vez que está impresa y sale a la calle en busca de sus lectores, desechamos los materiales de uso inmediato de que nos hemos servido. En los tiempos anteriores a la revolución digital, lo primero que se iba a la basura era la retícula, porque a partir de ese instante carecía de cualquier uso o valor. ¿Por qué la conservé en este caso? La respuesta me aguardaba del otro lado del documento.

Todavía con más facilidad que la de Mónica Braun, cuando doy la vuelta a la retícula reconozco la letra de Santos Fernández Bueno. Mi abuelo, uno de los personajes centrales de Oriundos, vivió cerca de 96 años, sobrepasando con ello el tiempo que vivió el más longevo de sus abuelos, quien murió en el invierno de 1937-1938, durante los días de la batalla de Teruel, a la nada despreciable edad de 88.

Como la memoria de mi abuelo fue declinando, como la senilidad empezó a minar su salud y paulatinamente perdió sus muchas capacidades, quienes estábamos cerca de él lo animábamos a que persistiera en el ejercicio de algunas actividades: por ejemplo, escribir alguna cosa; mantener las dilatadas caminatas que caracterizaron los tiempos de su madurez; evocar episodios de su vida pasada. Un día que, gracias al dato que me proporciona el documento recién exhumado, puedo ubicar con precisión absoluta en septiembre de 1997, le pedí que pusiera por escrito sus generales (o lo que en el español de México llamamos de esa manera): más o menos cosas como su nombre, el momento de su llegada al país, el modo en que bautizó a sus hijos. Tomé para ello el primer papel que encontré a mano y que resultó ser la retícula del número de Viceversa que estaba preparación, y se lo extendí, para que fuera allí donde pusiera por escrito lo que acababa de solicitarle.

A los 90 años que tenía ese día (no hay manera de ser imprecisos tampoco en eso), don Santos se sentó a la mesa del comedor de su departamento, y muy derecho, como siempre lo fue, y a pesar de la avanzada edad y los temblores del Parkinson, redactó lo que yo le pedía, con letra perfecta (es gracioso que haya colocado el papel de manera en que lo hizo). Eso fue lo difícil, me parece ahora; lo fácil, conservar el papel, que simplemente dejé olvidado entre otros cientos de ellos hasta el día de hoy. Sólo cuando vuelvo a toparme con la retícula, casi treinta años más tarde, sonrío nuevamente cuando me doy cuenta de que se trata de un valioso documento entre otras razones porque sus dos caras, cada una a su proporción y en su medida, dan testimonio de una misma pelea contra el tiempo.

Santos Fernández Bueno / nacido en Asiego de Cabrales el día nueve / el 9 de noviembre de 1906. / llegado a Méjico en 1923, / en plena Revolución de Adolfo / de la Huerta. / con seis hijos: Fernando, Carmina, / José Luis, María Mariflor, / Aquilino y Mari Pili