Sólo él se mantuvo impasible, apostado delante de su casa, presenciando aquel día histórico que jamás hubieran siquiera imaginado los hombres y las mujeres apenas de la generación anterior, ya no digamos los más viejos, los de hace cien años, quiero decir, los vecinos de aquel pueblo pobre y remoto de donde partieron nuestros bisabuelos y sus hijos para América.

Cuando preparaba la edición de mi libro, lamenté no haberle hecho nunca una buena foto, como se las hice, por ejemplo, a Guillermina o Flor el de Santa, a Manolo o Felipe, y tuve que resignarme a publicarlo sin una imagen que acompañara alguna de sus apariciones, especialmente cuando explica la mecánica de la comunicación con el cuclillo (“Se equivocó el cuquiellu”, Oriundos, pág. 175).

Gullermina y Flor el de Santa, retratados respectivamente en Sotres y Asiegu de Cabrales. Fotos: FF

Por fin, el pasado 19 de octubre de 2019, cuando los Reyes de España visitaron Asiegu, tuve una oportunidad de oro y pude retratarlo, como dirían los antiguos, a mi sabor. Quien me invitó a hacerlo fue Marta; bajábamos entre una pequeña multitud con rumbo a la plaza principal del pueblo, quiero decir el lugar donde se encuentran la iglesia y la escuela de Asiegu, edificios que, en cierto modo, le dan la espalda o el costado; a despecho de esa descortesía religiosa y civil, la plaza se abre delante de los Picos de Europa y se entrega apasionadamente a su contemplación.

Los Picos de Europa desde Asiegu de Cabrales. La foto es de Javier Niembro Fernández, quien la publicó en su cuenta de Facebook en enero de 2016, acompañada de esta leyenda: “Nubes que adelantan vientu sur”.

En ese lugar, siempre bajo el agua, estaban ya dispuestos los dos tinglados, el uno frente al otro: uno de ellos iba a servir como escenario para la ceremonia de entrega del premio al Pueblo Ejemplar de Asturias 2019; el otro estaba copado por las cámaras de video y fotografía y los periodistas de todas las procedencias y colores; en medio, la gente, los vecinos, los curiosos, los turistas, bulliciosos, poco menos que empapados, no dejaban ni un centímetro libre…

La Princesa de Asturias y el Rey de España en Asiegu de Cabrales, 19 de octubre de 2019. Fotos: Carmen Niembro Bueno.

Entre otros muchos descendíamos mi amiga y yo camino de la plaza, adelantándonos al paso de la familia real, siempre bajo una lluvia —en ese preciso momento un tanto más discreta, poco más que un orbayu—. Marta me sacó de mis cavilaciones y me hizo levantar los ojos, hacia donde estaba Alberto, ajeno a la emoción colectiva que corría a sus pies como un río revuelto, sacando el pecho, con una suerte de gallardía republicana, delante de la puerta de su casa… Disparé una y otra vez, variando ligeramente el ángulo, primero, y buscando luego una perspectiva mejor. Mientras lo hacía, recordé las historias que me contaron sobre Clementina, su madre, uno de los dos planetas mayores del sistema solar del Tío Aquilino, quien vivió con extraordinaria pasión la llegada de la República y los días de la Guerra Civil, tal como está contado en mi libro.

Mi amiga Marta Gómez Rodríguez, a mi lado. En la foto aparecen también Paulino Díaz, Tomás Fernández López y Javier Niembro, tres grandes personajes de la vida cabraliega contemporánea. La imagen es del final del almuerzo con la familia real, el 19 de octubre pasado.

¿Quién es Alberto el de Clementina? Lo mejor es reproducir la página de Oriundos en la que aparece retratado con palabras, precisamente donde se refiere al modo en que se establece, desde tiempos inmemoriales, la comunicación con el cuclillo; sobre todo me convence la idea cuando me doy cuenta de que puedo, por fin, ilustrar esa página con algunos de los retratos que le hice aquel histórico día.

Se equivocó el cuquiellu (fragmento)

Javier Niembro me hace ver que en los pueblos se dejó de cantar y que Alberto el de Clementina es el último que lo hace en Asiego. Tenía menos de dos años cuando lo llevaban a la cárcel de Carreña, metido en un cuévano encima de un burro, para que su madre le diera el pecho. La casa de ambos, en la que ella vivió hasta su muerte, se conserva tal como aparece en las fotografías más viejas que conozco del pueblo. Lo que nadie entiende es por qué tiene un par de perros y siempre tiene atado a uno de los dos. De día, se acompaña de un pastor vasco particularmente hábil para las cabras, al que llama Ligero. Ligero me mira con desconfianza, viene a mí cuando le insisto y se deja acariciar, pero me ladra con odio y echa espumarajos de cólera y me tira dentelladas funestas cuando está amarrado y me atrevo a pasar delante de él. Por la noche, en cambio, Alberto amarra a Ligero y suelta al otro, un pastor inglés mucho más joven y simpático, con un ojo negro y otro azul, que responde al nombre de Bartolo. Bartolo me tiene menos desconfianza y en las pausas que toma para recuperar el aliento entre las escapadas de quien ha pasado el día hundido en la incomprensión, tristeando, atado, se restriega contra mí, a pesar de que eche agua por todas partes.

Alberto el de Clementina, el 19 de octubre de 2019. Asiegu de Cabrales (Asturias). Foto: FF

Las cabras pastan aquí, ramonean allá. Alberto las llama. Quiere probarme la autoridad que tiene sobre ellas. “¡Que ques! ¡Que ques! ¡Veeengan…ven!”, exclama, adelgazando la voz. Las cabras acuden a su llamado, remisas al principio, raudas luego. “¿Qué ti paez, Fernandito?”, me dice, sacando el pecho. “¡Me cago en Dios! Pa los animales soy muy finu. ¡Fui muchos años pastor!”. Luego hace gala de su buena memoria y recita para mí fragmentos de cosas que recuerda. De pronto dice: “A ver si sabes ésta: ‘Cucu, cuquiellu, zarciellu, / cola de escoba, / ¿cuántos años falten / pa la mio boda?’”

Entonces me explica la mecánica de comunicación con el cuclillo. Dichos esos versos, uno debía esperar la respuesta del pájaro. “Y después”, añade, “cantaba el cuquiellu: unu, dos, tres… Si cantaba tres veces, tres años te faltaban, y si cantaba cuatro o cinco, pues cuatro o cinco años. Y así…”. “¡Pero tú eres soltero!”, bromeo con él. Y él, muy serio: “¿Y qué más da ser solteru que casáu?”. “¿Pues cuántos años te echó a ti? ¿Cien años?”. Y Alberto, rompiendo a reír: “¡Sí! ¡Me echó cien años el cuquiellu! ¡Y tovía no llegué a la edad! Se equivocó el cuquiellu. ¡A mí no supo acertami!”.

Más sobre Asturias y Oriundos en este blog:

Asiegu ya tiene novela.  

Asiego, Premio Princesa de Asturias al Pueblo Ejemplar.

Boda civil.

Santos, 1923.

Antonio Poo.

El arroz Covadonga.

Retratos asturianos.

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