De viaje, en octubre pasado, evoqué varias veces un breve e hilarante fragmento de La Regenta, novela que me ha acompañado durante largos años y releo estos días con más placer (y risas) que nunca. Me prometí buscarlo, nada más de regreso en México, y copiarlo en mi blog, como hago ahora.

El marido tenía en la cabeza una olla de grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético –¡a pie y andando todo el tiempo!– de arqueología y arquitectura y otro curso de historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al arco de medio punto; reasumiendo, como decía el sabio; sentía náuseas invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una irreverencia.

(El fragmento está en la página 157 de la edición de Clásicos Castalia número 110, tomo I, Madrid, 1981; y en la 45 de la de Alianza Editorial, Libro de Bolsillo número 8, quinta edición, Madrid, 1972. Ambas ediciones están en mi biblioteca. Tomo el texto de la Biblioteca Virtual Cervantes, donde la novela puede leerse completa.)

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