La mirada seca de la dama de negro, en el centro del grupo apelotonado en la capillita del ala de Maternidad del Sanatorio Español de la Ciudad de México; su rostro, un tanto velado por el embozo… Tanto como eso, la compañía de la mujer a sus espaldas, de pie y algo pétrea, de gafas oscuras; la cruz, al fondo de la imagen, en el cuadro a un lado de ambas… Como nadie supo ofrecerle una respuesta oportuna o convincente, mi primo José Santos terminó inventando la historia, con notable éxito entre su madre y sus hermanos: en la foto de su bautizo, aparece retratado un fantasma.

El fantasma, de velo negro, en el centro de la imagen del bautizo de José Santos, en la capilla de Maternidad del Sanatorio Español de la Ciudad de México. Febrero de 1964.

Yo mismo se la había oído contar en diversas ocasiones, sin darle mucho crédito, lo confieso, acostumbrado como estoy a la exuberancia de su encendida imaginación. Apasionado, ocurrente, persuasivo, mi primo es capaz de vender un alma inexistente al diablo. Lo conozco quizás como nadie: no en balde nos llevamos sólo unas semanas (él nació el 7 de febrero de 1964; yo, cuatro meses y cinco días después, el 12 de junio, hoy hace 56 años); nos presentaron apenas nacidos, de seguro en el jardín de la casa de Pascal, y desde entonces, esto es aproximadamente desde siempre, nos hemos tenido en el campo de mira.

José Santos y yo, entre su madre (Carmina) y su hermana (Fernanda). Aeropuerto de Barajas, verano de 1976. Teníamos doce años.

El bautizo fue una mañana, quizás de sábado o domingo, de febrero de 1964. Quien lleva a mi primo en brazos, para proceder al ancestral rito religioso, es mi madre, la cual me lleva por cierto a mí mismo en su seno desde hace poco más de medio año. A su izquierda, la madre Josefina; a su derecha, mi tía Carmina. Detrás del grupo, nuestro tío trotamundos, Pepe Luis, y atrás de éste, en el orden acostumbrado, don Daniel, abuelo paterno del recién nacido; mi abuela Fernanda, abrazando las piernas de su nieta mayor, Fernanda; Obdulia, cuñada de Florentino; por último, las dos extrañas mujeres de negro, una de pie, de lentes oscuros; la otra, arrodillada, es el fantasma.

Un día de hace no mucho recuerdo el asunto y le pido la foto. Mi primo me la envía por Whats App y yo se la reenvío a mi padre, quien acaba de oír la historia nada menos que de labios de su hermana Carmina, en una de las comidas de los días once. El éxito del relato de José Santos es una prueba más de su inmenso talento imaginativo, de su ilimitada capacidad de persuasión.

Mi primo José Santos y su familia, hoy. De izquierda a derecha, Fernanda Romandía, él, Santos y Valeria, en una foto de abril, también enviada por él.

Al mismo tiempo, veo las fotos de mi propio bautizo para ver si el fantasma me visitó a mí también. No está, por desgracia. Es la misma exacta foto: mismo lugar y ángulo; mismo fotógrafo; casi los mismos personajes.

Momento de mi bautizo. Mismo lugar, mismo fotógrafo, mismo ángulo, cuatro meses y unos cuantos días después. La madre Josefina, en primer término. Me lleva en brazos Mariquita, mujer de Florentino. Fernanda sigue abrazando a su nieta Fernanda. Por desgracia, el fantasma no aparece.

En cambio, recibo una pequeña gran satisfacción al encontrar, en otra foto de ese día, nada menos que a Antonio Poo, disimulado y confundido entre los parientes íntimos, tal como relaté en Oriundos: la mirada gatuna, asomada a la felicidad de aquellos asturianos como él de los cuales se alimentaba un poco del afecto del que andaba siempre un poco ayuno. Cada vez que nacía alguno de nosotros, dejaba las apretadas soledades del vecino Asilo del Sanatorio Español, donde llevaba viviendo media vida, y participaba de la fiesta como uno de la familia.

Día de mi bautizo. Junio de 1964.
Oti y Fernando, mis padres; Manolo Sánchez Santoveña, mi padrino. Mariquita, esposa de Florentino, representante de mi madrina Gema, ausente.
Entre los hombros de Fernando y Manolo, la inconfundible mirada gatuna de Antonio Poo.

Al primer vistazo, mi padre me revela la identidad del fantasma retratado en la foto del bautizo de José Santos. ¡Es doña María de la Vega!, exclama. ¡La madrina de tu abuela Fernanda, ni más ni menos! La viuda de don Jesús Moradiellos, primer presidente del Centro Asturiano de México. La mujer del gesto de piedra y las gafas, a sus espaldas, era su hermana Lola. Yo conté algo de la historia de esas mujeres, también en mi libro. Tomo de Oriundos el siguiente pasaje (un solo párrafo, página 157), para conocimiento de mi primo y de paso de los amigos lectores picados por la comprensible curiosidad. Una palabra, por último, sobre el contexto: es el momento cuando el narrador se pregunta si quienes trataron sólo de lejos a Santos Fernández lo habrán conocido realmente, a la vista del personaje revelado por los papeles de su archivo personal. Los puso Fernanda en las manos del autor del libro en 2004, poco después de la fiesta de noventa años de ella, cuando Santos llevaba muerto un par de años.

Oriundos. Primera edición, 2018.

Oriundos (fragmento: capítulo: “Veracruz”)

¿Podía alguien sospechar hasta qué punto la persona que revela su archivo era la misma que se apreciaba desde lejos? ¿Diría alguien que eran la misma persona? Pienso en mí mismo, ahora que me veo entre sus papeles, pero sobre todo en quienes no lo conocieron de cerca. Le contaron que una mañana, saliendo de la Sagrada Familia, habían encontrado a la viuda de don Jesús Moradiellos. La madrina de Fernanda vivía en condiciones deplorables: pobre, en un sótano helado, acompañada de una hermana enferma. Al comité directivo del Centro Asturiano de México le encantaba la idea de acudir, poco menos que entre boato y fanfarrias, a depositar ofrendas en la tumba de su primer presidente, pero al parecer a nadie se le ocurrió preguntarse dónde y en qué condiciones estaba su viuda. Según recuerda mi padre, a partir de aquel día Santos y Fernanda tuvieron a ambas hermanas invitadas a comer cada ocho días y, según me entero por el expediente, él les pasó una renta mensual y hasta se encargó de ellas cuando, una después de la otra, les llegó la muerte.

Esquela de la Señora María de la Vega Viuda de Moradiellos. Fuente: archivo de Santos Fernández Bueno, en mi poder.

Más sobre Oriundos en este blog:

Vista de Picos desde Asiegu. Tejerina lo pintó en 1972.

Oriundos ya está en Asiego, https://bit.ly/2VVMgIc; La edición, https://bit.ly/2ES60qb; El arroz Covadonga, https://bit.ly/2IxEVe8; Boda civil, https://bit.ly/2E21GmO; Santos, 1923, https://bit.ly/2CGCxir; Antonio Poo, https://bit.ly/2zgKjzi; Cuatro adelantos de Oriundos, https://bit.ly/36cCveI, Antonio Poo, https://bit.ly/2zUTcPH; Algo de política, https://bit.ly/2zTRNZI

2 comentarios en “El fantasma de la señora Moradiellos

  1. Feliz cumpleaños, mi Fer tan recordado. Delicioso relato que me hace pensar en lo cotidiano que nos resultó crecer en el sincretismo y que las escenas se replican de una historia a la otra. Acaso además de corretear cerca, en la fuente de Thiers y Gutemberg, hayamos compartido más vertientes que el cariño que siempre he tenido por tu familia y que me ha mantenido cerca.

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    1. Qué lindísimo comentario, Angélica, que veo apenas ahora. Gracias por tus palabras y por la escena que pintas, y que veo alrededor de la fuente que estaba en esa esquina (¿verdad?), y que luego movieron a lo que acabó siendo el circuito interior. Qué ganas de escribir sobre esos parajes y tiempos que compartimos sin saberlo entonces. Gracias, Angélica, muchos besos y abrazos siempre muy cariñosos…

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