Un dato leído en la espléndida Obra poética (verso y prosa) de López Velarde editada por Alfonso García Morales (UNAM, 2016), me mete en una ruta extraordinariamente rica para mí: en su primera novela, aparecida con el título de Ejemplo, en Madrid, en 1919, mientras mientras trabajaba para el servicio diplomático mexicano, Artemio de Valle Arizpe introdujo, como uno de sus personajes principales, a Ramón López Velarde.

Jamás había oído el dato, así que hago todo lo posible por conseguir el libro; localizo un ejemplar en la página en línea de una librería de Donceles, pero la dueña del establecimiento trata de sacarme los ojos a cambio de él, explicándome, en el segundo de sus correos invariablemente desabridos, que el libro en realidad cuesta cinco veces más de lo que lo tiene anunciado. Yo, la verdad, hubiera pagado dos y hasta tres veces más, e incluso, si el intercambio epistolar hubiese sido de otra naturaleza, por qué no, acaso hasta la cantidad completa del elevado precio en que el volumen fue a parar en cuanto manifesté mi interés en adquirirlo.

Por esa razón, acudo a mi amigo Fernando Rodríguez Guerra, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, quien de inmediato me consigue el ejemplar que conserva esa biblioteca, y que forma parte del Fondo Julio Jiménez Rueda —así como hace unos años me dejó estudiar una vieja Gatomaquia que sólo encontré en ese lugar—. (Por cierto, ya Guillermo Sheridan anduvo antes que yo, también con propósitos velardianos, entre los libros de aquel Fondo.)

Mi encuentro con Fray Ramón de la Penitencia (Ramón Velarde en el siglo), capellán del convento de las monjas jerónimas de la Villa de Sagredo, en la Nueva España, tal como se llama el personaje creado por Valle Arizpe para hacer un auténtico homenaje a su amigo zacatecano, está tan colmado de incidencias y disfrutes, y me abre tantas perspectivas, por cierto no sólo sobre López Velarde, que me da asunto para un texto de treinta cuartillas que por estos días entrego, siquiera de modo fragmentario, a la revista Luvina.

Pero hay algo más: tal como informa García Morales, y confirmo yo mismo con ojos atónitos, la edición de ese libro incluye un retrato del poeta, todo lo metido en carácter que se quiera, hecho nada menos que por Roberto Montenegro. Me parece increíble que los estudios velardianos de un siglo hayan dejado pasar ese personaje y ese retrato, que, al menos yo, nunca he visto comentado ni reproducido en ninguno de los rincones del amplio corpus crítico e histórico dedicado a López Velarde. Esto último, por supuesto, puede usarse para denunciar los límites de mi horizonte; en todo caso, es una omisión que ha llegado a reparar, con característica pulcritud académica y admirable visión de conjunto y detalle en temas velardianos, el cada vez más insustituible García Morales.

No podríamos decir que ha sido olvidada la novela inaugural de Valle Arizpe y de ello tengo al menos una prueba: cuando Christopher Domínguez Michael armó su ambiciosa antología de la narrativa mexicana del siglo XX (FCE, México, 1989), a la hora de mostrar algo de la obra de Valle Arizpe, eligió un capítulo de Ejemplo. Sin embargo, las páginas elegidas por el crítico mexicano son anteriores a la notable aparición velardiana y la nota con que las presenta no alude para nada a esa aparición.

Igual de increíble me parece que los recuentos iconográficos de López Velarde, por lo menos los que yo conozco, no hayan considerado el grabado de Montenegro. No es precisamente pródiga la iconografía en el caso de López Velarde, y ese grabado, aunque no es más que eso, un grabado, ofrece una visión, si no nueva, sí particular y por lo tanto muy interesante de nuestro evasivo poeta, sobre todo en conjunto con el personaje de Valle Arizpe para el cual fue creado y del que sirve de acompañamiento e ilustración.

Dedico este post a mostrar unas imágenes de la primera edición de Ejemplo, que he podido estudiar gracias a mi amigo Fernando Rodríguez Guerra, y especialmente a volver a publicar el simpático retrato de Ramón hecho en 1919 por el gran artista Roberto Montenegro.

Además del hecho estimulante de contar con algunos materiales que no habíamos considerado para apreciar cómo fue visto López Velarde por sus contemporáneos, lo más llamativo del asunto es precisamente que ambos retratos fueron hechos en vida del poeta. Si bien la novela fue escrita en Coahuila y la placa grabada en Madrid, donde vivían respectivamente el novelista que se estrenaba y el experimentado artista gráfico, ambos materiales fueron creados y divulgados dos años largos antes de la muerte de Ramón, en junio de 1921.

“El poeta RLV en la perspectiva de la Avenida Jalisco”. Revista Vida Moderna. Foto: FF

¿Cómo es el personaje de Valle Arizpe inspirado en el autor de Zozobra? ¿Qué dice o piensa? ¿En qué consideración se le tiene en la sociedad a la que pertenece? ¿A cuáles actividades se dedica y en qué momento de la trama aparece? ¿Con qué propósito literario? Y algo más, especialmente atractivo: ¿qué provocó en el poeta todo el asunto? De esas cosas y otras trata el texto que entrego estos días a la bella revista de Guadalajara. De momento, vayan las imágenes de la primera edición de Ejemplo, encabezadas por el simpático retrato de Montenegro de Ramón López Velarde.

Más sobre López Velarde en este blog (hacer click sobre cada título para ir al post correspondiente):

Dos retratos.

Cuatro cipreses.

Fermín Revueltas ilustra El son del corazón.

Una errata pertinaz.

¿Padecía una enfermedad venérea?

Joya inadvertida.

El candil (imágenes).

Un comentario en “López Velarde, retratado por Roberto Montenegro (1919)

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