Hace un par de semanas, Adolfo Castañón dio a conocer cinco cartas inéditas de Julio Torri dirigidas a Pedro Henríquez Ureña, todas ellas sabrosas, llenas de vida y color. Al leerlas, recordé las cartas del mismo Torri a Alfonso Reyes que le gustaban tanto a Juan Almela y a las cuales dedicó nuestro amigo poeta un texto que se publicó primero en El Semanario Cultural de Novedades y fue recogido después en De marras (“En torno a la correspondencia Torri-Reyes”, pág. 667).

Por su espontaneidad, por la libertad y la sabrosura de su expresión, todo aquello que también está en las que dirigió a Henríquez Ureña y que Castañón ahora ha rescatado, esas cartas le parecían a Almela lo mejor de la obra de Torri —lástima, es verdad, que fuera forzoso acudir a ellas en la edición “infame” de Diálogo de los libros (FCE, 1980). Por cierto, no fue aquella la única vez que Gerardo Deniz se ocupó de Torri por escrito: está también el texto que dedicó a sus supuestas traducciones de Heine, que puede leerse en De marras, (pág. 701).

Conservo una grabación hecha el 4 de junio de 2009 en la que Almela habla de sus recuerdos del autor de De fusilamientos, a quien alguna vez conoció en persona y nunca dejó de observar, desde todas las distancias. El recuerdo lo disparó una taza de chocolate que acababa de ofrecernos Josefina, su mujer. Como de costumbre, nos rodeaban los gatos; los visibles: Bufón y el Maestro; en algún lugar del departamento, los invisibles: Lucas y su hermana Aspasia; al fondo de la recámara del fondo, la misteriosa Strega —La Gatita Interior, en palabras del poeta—. He aquí una transcripción de parte de aquella sabrosa plática.

Juan Almela, con su gato Lucio, al que él llamaba El Maestro. La foto no es del día de la charla sobre Torri, pero fue tomada en el mismo lugar. Foto: FF

Juan Almela evoca a Julio Torri

24 de junio de 2009

—Era el gran recurso de Julio Torri, cuando iba a esperar a las vendedoras del centro, que salían del Palacio de Hierro, del Puerto de Liverpool y eso. Las abordaba ofreciéndoles un chocolatito. Pobre.

—Tú lo viste, ¿no?, alguna vez.

—Cómo no, muchas veces.

—¿Lo saludabas?

—Sí. Él fue a mi casa más de una vez, a hablar con mi padre de libros viejos que mi padre le restauraba y demás. Mi padre entró en su casa, yo nunca. A mí sólo me hizo aquel insulto espantoso… Eran los tiempos en que Filosofía y Letras estaba en Mascarones, en San Cosme. Un día se me quedó viendo al salir de mi casa y me dijo: “Vaya, vaya, dentro de poco te tendré en Mascarones”. Yo no dije nada, pero me quedé pensando: “¿Este señor cree que voy a estudiar literatura? ¿A mí, que me interesan los sesquiterpenos y los anélidos?”.

—Era buena persona, ¿no?

—Sí. Era un señor a la antigua, muy saludador. Además era genial porque llevaba sombrero y chaleco, pero iba en bicicleta… Llegaba a la salchichonería que había en Serapio Rendón, donde yo estaba muchas veces con mi madre o yo solo, porque el Vives estaba entonces ahí a dos cuadras… Las hermanas que tenían la salchichonería hacían unas empanaditas de jamón, un pastel de queso, otro de zarzamoras, tenían algunas latas en aquellos tiempos difíciles de conseguir, sardinas portuguesas, atún español o así. Entonces llegaba Torri, dejaba la bicicleta en la puerta e iba escogiendo: dos empanaditas, una porción pequeña de pastel de queso, una latita de angulas… Daba miles de saludos y tal y cual, agarraba la bolsita, se subía en su bicicleta y se iba a su casa, que estaba a cuatro cuadras.

—¿Cómo se conocieron tu padre y él?

—No lo sé. Alguien le habló de mi padre a Torri, supongo, y entonces le trajo un par de libros para restaurar. Mi padre luego fue a su casa a entregárselos y esto y lo otro.

—…

—Torri se llevaba alumnas de la carrera, pero no hacía nada. Les hacía exámenes extraordinarios. Cuentan que a las tolerantes les agarraba las piernas y ya. “Ah, qué maestro Torri”. Aunque normalmente en la tarde él salía a la calle de Lerma, a pie, a buscar criaditas de las que entonces había muchas que iban a buscar el pan. Don Julio Torri se las amarraba, no sé qué tanto la verdad. No creo que fueran muchas. Luego corrió la voz entre las alumnas, sin ninguna razón porque a alguna se la llevaba a cenar al Chalet Suizo y luego la dejaba en un taxi, de que el maestro Torri te invita a un chocolatito, le echa unas pastillas afrodisíacas y hechizantes y demás… Pobre hombre. Compraba el Vea, que era una revista de gordas, feísimas.

Julio Torri, con un grupo de alumnas de la Facultad de Filosofía y Letras (1958). Tomo la foto de la página en línea del diario El Universal, donde se aclara que la foto pertenece al archivo de Huberto Batis, quien la prestó para su reproducción.

—Era soltero, ¿no?

—Sí. Pero tuvo un hijo, que menciona en una carta a Reyes, pero así, al final: “Tengo un hijo que pongo a tus órdenes”. Y no vuelve a citarlo nunca. Me contaron que cuando murió, salió una esquela que decía: “El ingeniero no sé qué Torri anuncia el fallecimiento de su padre”.

—¿Te gusta su literatura?

—La mayoría, sí. Es cortita. Pero no hay como el epistolario con Reyes.

—¿Es bueno?

—Es divertidísimo. Por el lado de Torri porque Reyes se mantiene muy seriecito. Pero Torri bromea y cuenta cosas chuscas y demás. Cuenta de un librero famoso allá por el año 1915 que se llamaba Gamoneda, y era mecenas de la cultura. En una ocasión dio una conferencia alguien, patrocinada por Gamoneda, y le escribe Torri a Reyes: “Al acabar, la señora Gamoneda se levantó y horrorizó a Artemio de Valle Arizpe, diciendo: “Vaya, que me hormiguea el culo”…” Don Artemio estuvo a punto de desmayarse, y ella seguía repitiendo: “Sí, hombre, el culo…”. Al final, pelearon por cuestión de libros.

—¿Reyes y Torri?

 —Sí, porque Reyes le achacó el haberse quedado con un diccionario de Covarrubias o no sé qué, de mil seiscientos, y Torri empezó a defenderse. Rompieron relaciones estando ya ambos aquí en el DF. Bueno, Torri nunca salió más que a un viaje que le pagó el presidente Alemán. Fue a Europa y le escribía a Reyes que “qué lata a mi edad andar con los dólares pegados a los riñones y siempre temiendo que me voy a perder o que me van a engañar”. Vio algo de España, Francia, Italia…

—…

—Fue horrible: a su madre se le desprendieron las dos retinas al parirlo. Se quedó ciega de solemnidad por el parto.

—…

—Luis Ignacio Helguera fue a la biblioteca de Torri, o lo que quedaba de ella, que se llevaron a no sé dónde, y dice que tenía varios volúmenes de la revista Vea llena de gordas y de cosas muy pecaminosas. Mujeres en bikini y cosas atroces. Se ve que tenía un trato con el periodiquero de que se la apartara. Era una revista que todos veíamos en la peluquería … Íbamos a la peluquería y leíamos el Vea mientras esperábamos o mientras nos cortaban el pelo. Yo tengo por ahí, debía de tener, un par de ejemplares que compré con Colina hace ya muchos años, en unos libros de viejo en el centro. En un papel de esos que doblas y ¡tac!, se parte, horrible. Pero se ve que para Torri era una fuente de excitación infinita. También contaban que cuando se murió, lo único que encontraron digno de mención aparte de su valiosa biblioteca fue un sobrecito con fotitos de una fulana, perfectamente criadil, con las tetas fuera, y nada más.

—¿No lo volviste a ver, al final?

—¿A Torri? No. Cuando me fui de vivir ahí, de la colonia San Rafael, aunque su casa ya era colonia Cuauhtémoc, desapareció. Mis padres lo vieron una temporada en la Universidad, en CU, a donde iba el pobre en camión, a dar sus clases, que eran aburridísimas. En una ocasión se cayó y se rasguñó toda la cara y lo llevaron al taller de restauración de libros de mis padres, pero ya no los reconoció. Me consta que el maestro Torri estaba muy interesado en que aquel señor de su edad y hasta un poquito más, estuviera casado con mi madre, que era mucho menor que él. Se ve que eso le dio muchos motivos de reflexión.

Más sobre Juan Almela / Gerardo Deniz en este blog:

A cinco años de su muerte.

Un soneto inédito.

Quince razones para asomarse a De marras.

Deniz en Buenos Aires.

Una vida con el Fondo de Cultura Económica.

Noticias “recientes”.

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