No dejo de agradecer al narrador, ensayista, poeta y académico Adolfo Castañón la invitación a entregar un libro para “Las semanas del jardín”, la colección de título cervantino que dirige para Bonilla Artigas Editores. Fue de ese modo como nació Viaje alrededor de mi escritorio, volumen que reúne 36 textos de los más de 500 aparecidos en este blog desde su fundación, hace ya más de una década.

Adolfo Castañón en Japón, en 2016. Foto de Aurelio Asiain.

Castañón no sólo tuvo el generoso gesto de solicitarme el volumen para ser publicado en una serie en la que están recogidos, entre otros, libros de Alfonso Reyes, José Gaos, Pedro Henríquez Ureña o Rodolfo Usigli, quienes forman parte de la nómina de los autores más queridos, mejor leídos y cuidados por él, sino que todavía tuvo la amabilidad de escribir un texto para acompañarlo a manera de epílogo. He aquí ese hermoso texto, que reproduzco en Siglo en la brisa como fehaciente testimonio de su generosidad y como una nueva forma de mi agradecimiento a él.

Envío

 Por Adolfo Castañón

En Viaje alrededor de mi escritorio, Fernando Fernández (1964) muestra su talento proteico como poeta, narrador, ensayista, crítico de arte y persona capaz de asumir los diversos retos que plantea la letra en la arena de la historia (por ejemplo, la voz de Francisco I. Madero recuperada en una antigua grabación). Arma aquí una exposición de viñetas concisas que se suceden trazando una genealogía (ahí está el texto sobre las raíces familiares asturianas y los “Oriundos”) y dibujando obsesiones y recuerdos, ideas y homenajes a sus amigos y maestros como el Marqués de Santillana, Andrés Fernández de Andrada, el autor de la “Epístola moral a Fabio”, Juan de Mena, William Shakespeare, los Poetas de la corte de Juan II, Marcelino Menéndez y Pelayo, Xavier de Maistre, Robert Browning, Federico García Lorca, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Luis Cardoza y Aragón, Luis Barragán, Carlos Mijares, María Rosa Lida de Malkiel, Gerardo Deniz, José de la Colina, Juan Goytisolo, Ítalo Calvino, Carlos Fuentes, Vicente Rojo, Guido Gómez de Silva, Efraín y David Huerta, Gonzalo Celorio, entre otros, y para no hablar de las estrellas que guían sus pasos desde el firmamento heredado como son Ramón López Velarde o Michel de Montaigne. 

Viaje alrededor de mi escritorio es un mapa o todavía mejor un libro de mapas, con el suficiente margen entre una pieza y otra como para que el lector arme, como en un juego de Lego, su propio castillo o ciudad. Ahí conviven los libros con los gatos y las plantas, los sonetos con los retratos, los cuadros con las esculturas, los paisajes naturales con la arquitectura antigua y moderna. No sobra decir que nuestro Fernando está consciente de la caudalosa homonimia que acompaña su nombre apellidado Fernández. Su nombre singular encierra una multitud humana en busca de la poesía.

El enunciado del título hace pensar en un proceso de miniaturización: desde esta poética de la letra en el espacio, el escritorio se postula como un cosmos que debe de ser explorado desde una perspectiva minuciosa regida por la mirada del poeta-niño que va presentando al lector con sus autores y maestros. En estas páginas que son como un caleidoscopio se cosechan los artículos, viñetas, estampas o contribuciones que nuestro veloz y ubicuo amigo ha venido publicando semana a semana en esa bitácora personal o blog que lanza a las redes con el lema “Siglo en la brisa”, desde la dirección electrónica “ora la pluma”. 

Portada del libro Ora la pluma (El Tucán de Virginia, México, 1999).

Cabría detenerse un poco en la exploración de esta divisa o emblema que hace pensar en la relación entre la plegaria y la oración y la escritura. La plegaria de Fernando es, sin embargo, laica. En ella el viaje supone un viajero y un equipaje, uno o varios destinos: cada una de estas categorías o peldaños arman el conjunto de 36 textos que van trazando un zigzag entre la vida y las letras, entre el arte y la imaginación, entre la poesía y el pensamiento. El escritorio es territorio, campo hecho de letras que son voces, presencias. Por eso este libro es también un conjunto de tributos y un homenaje a la amistad. Presencias. Más que un inventario y casi un canon o, al menos, un álbum de familia, un tronco tribal erguido para depurar la lengua, el libro de Fernando es un camino hecho de piedrecillas blancas para no perderse en el camino rumbo a la casa de la palabra.

El viaje puede ser leído como una peregrinación hacia los santos lugares desde donde surge el logos rodeado de silencio. Suma de acechos o asedios a las ciudades invisibles que se esconden o incrustan en el escritorio que es también un altar, una tabla periódica de elementos de que está compuesta la farmacia de este discreto practicante de la medicina desde la palabra. Viaje alrededor de mi escritorio cabe ser leído como un ejercicio de respiración al tiempo que se da como una evolución entre las formas que trazan las presencias de lo real alrededor del sentido que cosechan.

Alfonso Reyes y su perro Kola. Foto de Gisèle Freund.

Más sobre Adolfo Castañón en este blog:

Alfonso Reyes y su perro Kola.

Xavier de Maistre, ejemplar de Castañón.

Juan Almela evoca a Julio Torri.

2 comentarios en “Epílogo de Adolfo Castañón

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