Un relato como el que sigue es el que puede armarse a partir de las evocaciones de lo ocurrido hace ahora una centuria, en junio de 1921, cuando familiares y amigos de Ramón López Velarde inesperadamente vieron al poeta enfermar y morir en apenas unos días. Los testimonios de Jesús López Velarde, Pedro de Alba, Jesús B. González, Carlos Pellicer, todos de primera mano, coinciden en los hechos generales, pero divergen en algunos pormenores, lo que nos impide saber en qué fecha exacta enfermó el poeta y cuántos días duró su enfermedad, y hace imposible ubicar con precisión los detalles evocados por unos y otros. Como sea, esto es lo que sabemos con toda certeza. El texto que copio a continuación es el arranque del último capítulo de mi libro La majestad de lo mínimo, el cual se titula “Para seguir hablando de Montaigne”. El libro está por aparecer, publicado por Bonilla Artigas Editores.

Como tantas otras noches, estuvo en el teatro; más tarde, tomó la copa y cenó en La Mallorquina con algunos amigos, entre ellos un joven admirador apellidado Camarena; se despidió, por último, delante del atrio de San Francisco, enfilando hacia el edificio de Correos donde todavía se encontró con un conocido con quien emprendió la caminata de regreso a casa. Aunque la primavera estaba avanzada y el calor empezaba a sentirse con fuerza, especialmente a mediodía, por las noches helaba, como casi siempre en el Valle de México. Decidió, no obstante, seguir como iba, sin pedir el coche que sugirió el conocido ni el abrigo imprescindible para todos los demás. Aquella noche, se enfrió y se sintió inmediatamente enfermo.

Acudió a la oficina un par de mañanas hasta que empezó a encontrarse peor y tomó la decisión de recluirse en casa. Lo que aparentemente había comenzado como un resfriado común, se convirtió en una incipiente neumonía y con ella llegaron los primeros escalofríos y los dolores de cabeza, la fiebre y las molestias en el pecho. Su madre y sus hermanos, en especial Jesús, el médico, con quien había compartido habitación toda la vida, y un puñado de amigos como Pedro de Alba, Chucho B. González o Rafael López, conformaron el núcleo cerrado alrededor del poeta, que empeoraba a ojos vistas. Ramón no respondía a los medicamentos: las inyecciones no hacían ningún efecto y los laboratorios contestaban con resultados cada vez más preocupantes. Como se negaba a guardar cama, pasaba el día sentado en el sillón, al lado de la ventana que pedía que le abrieran para ver el cielo y escuchar el tráfago de la ciudad, el paso del tranvía, el vocerío de los vendedores ambulantes. Las visitas estaban restringidas, pero aun así recibió a Agustín Loera y Chávez, quien le llevaba en persona el sueldo devengado como redactor de la revista El Maestro, donde estaban a punto de publicarse por vez primera las 33 estrofas de “La suave Patria”.

Seguramente el poeta pasó muy afectado el 15 de junio, día de su trigésimo tercer cumpleaños, y quizás fue esa misma tarde cuando un pequeño grupo de jóvenes encabezados por Carlos Pellicer, sin estar al tanto de su agravamiento, le fue a llevar un par de magnolias, que el médico que acababa de auscultarlo, dado el avanzado estado de su bronconeumonía, le aconsejó no recibir en persona puesto que el intenso aroma de las flores podía resultarle perjudicial.

La respiración se fue tornando más difícil y las toses fueron cada vez más violentas y la fiebre se hizo más descontrolada. En medio del bochorno de la tarde de junio, envuelto en una nube de polvo que no respetaba el encierro hermético de su cuarto, se llenaba de alborozo, aunque sabía que eran sus últimas horas, al oír el repiqueteo de las primeras lluvias de la estación. En un momento en que se quedaron a solas, le contó a su hermano Jesús que tenía una importante deuda económica y le pidió que la liquidara por él. También recordó la predicción de que iba a morir asfixiado hecha por una gitana, y se lo hizo saber, con el gesto demudado y pálido, a su amigo Chucho González, quien había presenciado la escena. Éste, especialmente afligido, una vez que se declaró la gravedad del caso, no volvió a despegarse de la puerta detrás de la que agonizaba el poeta. Cuando llegaron las horas más desesperadas y se llamó a un cura, la madre de Ramón lloró echada sobre su hijo y éste se llevó las lágrimas de ella a la boca. La noche del 18 junio, la pleuresía hizo crisis y López Velarde murió de asfixia, según el acta de defunción a la una y media de la madrugada del domingo 19.

Esquela de la muerte de López Velarde, tomada de la primera edición de Un corazón adicto, de Guillermo Sheridan, FCE, 1989.

Nota

Relato armado a partir de los testimonios de Jesús López Velarde, “Las últimas horas de Ramón”, en RLV, sus rostros desconocidos de Guadalupe Appendini, FCE, 1990, págs. 147-148; Pedro de Alba: “RLV, el poeta del amor y de la muerte”, México Moderno, edición facsimilar, II, FCE, 1979, pág. 282, y “RLV, a treinta años de distancia”, en RLV, Ensayos, INBA, 1988, págs. 7-14; Jesús B. González: “Cómo murió López Velarde”, Revista de Revistas, 21 de junio de 1936; y Carlos Pellicer: “Dos magnolias antes de su muerte”, en Guadalupe Appendini, op. cit., pág. 144-146. Ésta proporcionó la única fecha concreta consignada en la bibliografía, y fijó el 7 de junio como el día que enfermó López Velarde, pero lo hizo sin dar fuente (o al menos no la dio en los dos libros suyos donde la fecha fue recogida); Vicente Quirarte relanzó el dato en Tierra Adentro, núm. 45, oct.-nov. de 1988, pág. 8. No conocemos, si es que existen, testimonios de Rafael López y Enrique Fernández Ledesma sobre esos días.

2 comentarios en “Cómo enfermó y murió López Velarde

  1. Siempre me quedo corta cuando hablo de mi pasión, de mi entusiasmo, por Ramón Lopez Velarde. Actualmente estoy leyendo el libro de Elisa García Barragán y Luis Ma. Schneider que me fue obsequiado por uno de los descendientes de los hermanos de Ramón.
    Espero con entusiasmo su libro, Fernando, La Majestad de lo Mínimo; y pienso en el paralelismo entre el poeta muriendo de asfixia en junio de 1920 y usted internado por el virus asfixiante 99 años después, prácticamente en las mismas fechas y mientras escribía el libro sobre el poeta. Ramón además nació un 15 de junio usted un 12, otro paralelismo.
    Felicitaciones por la belleza, empatía y evocación con que te oigo hablar con maravilla del gran poeta y por este provocativo y encantador blog que recién descubrí!

    Me gusta

Responder a Diana Bernal Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s