No sólo las palabras, aquellas con las cuales contamos lo que hemos vivido; las imágenes también, las que invocan esas palabras. Una cajetilla de cigarros, un árbol singular, un pelador de mangos, la reproducción de una pieza arqueológica, la edición contemporánea de unas cartas escritas hace más de veinte siglos: he aquí cinco imágenes relacionadas con lo que se cuenta en las páginas de Almas flexibles; aunque en distintos grados de importancia, todas tienen un papel en el relato de la experiencia de mi contagio de coronavirus, mi enfermedad y mi convalecencia. Las publico en el orden en el que son mencionadas en las páginas del libro, y lo hago acompañándolas de sus citas respectivas. Almas flexibles apareció hace unas semanas, bajo el sello de Turner. Este post es una invitación a asomarse a sus páginas.

La cajetilla de cigarros Séneca

Un mediodía, de camino al Circuito Gandhi, hice un singular hallazgo; iba a buen paso cuando me pareció leer, por encima del tapabocas que sólo me quitaba al llegar al bosque, con ojos incrédulos, en un pequeño pedazo de papel tirado en el suelo, las palabras “Séneca” y “muerte”.

Volví sobre mis pasos. Cuando lo tomé con las puntas de los dedos, con las precauciones propias de los días del coronavirus, y lo acerqué a los ojos, comprobé que decía, en efecto, “Séneca”, en grande, con mayúsculas; debajo, como si se tratara de una marca de cigarros y lo que tenía en la mano no fuera sino un pedazo arrancado a una cajetilla, también en mayúsculas pero con una letra de menor tamaño, la frase “con filtro”; más abajo, rotunda, contra un fondo pintado de negro, leí la palabra “Muerte”. Visto en el otro sentido, decía, siempre en mayúsculas: “Fumar Tabaco Mata”. ¡Qué cosa más extraña! ¿Una marca de tabaco llamada Séneca? ¿Una cajetilla donde el nombre del filósofo estoico se ve asociado a la palabra “muerte”?

El árbol horizontal

Además de las especies propias del bosque, los aligustres y los fresnos, uno que otro ahuehuete, reparé en diversos individuos notables y en particular en uno de ellos, de un género desconocido para mí, a un costado del monumento a Gandhi, que se levanta un par de metros en sentido vertical y luego se dobla dramáticamente en un ángulo de noventa grados y se extiende a continuación otros ocho o diez metros en paralelo al suelo. O en un supremo eucalipto rodeado a prudente distancia de tres o cuatro tímidos congéneres, a cuyos pies, en el claro que naturalmente se produce alrededor de su presencia magnífica, había siempre una menuda pedacería de toda suerte de desechos no aprovechables, tiras sueltas de su corteza desprendible, millones de sus hojas lanceoladas, secas muchas de ellas, otras recientemente caídas, e infinidad de palos y troncos de distintos tamaños, como si fuera el suelo abundante en desechos de una carpintería en marcha, y sobre el que nunca dejaba de haber ardillas y palomas.

El pelador de mangos

Ricardo Chicurel y su hija Verónica (“Chicu”, en Almas flexibles)

Ricardo Chicurel Uziel, nacido en México, hijo de padres turcos judíos, graduado en las universidades de Cornell y Princeton, investigador del Instituto de Ingeniería de la Universidad Nacional, fue un hombre francamente notable. Tuve la suerte de conocerlo y tratarlo, aunque no haya sido sino al final de su vida y en un puñado de ocasiones. Dos años antes de su muerte recibió el Premio Nacional de Ciencias de manos del presidente de la República, un reconocimiento llamado de Tecnología, Innovación y Diseño que le había sido concedido, entre otras razones, por sus trabajos pioneros en mecánica teórica y aplicada. Había puesto su talento en las más distintas áreas de su especialidad y sus inventos abarcaban diversas proporciones y escalas, desde el ámbito de la industria, más precisamente en el mundo de las máquinas hidráulicas, con el invento de una bomba famosa entre sus pares porque uno de los componentes de su engranaje tenía forma de estrella, hasta el más privado y doméstico, para el que había concebido un pequeño e ingenioso pelador de mangos.

La pieza arqueológica

Pedí comida, aunque fuera para una persona, a uno de mis restaurantes favoritos. Antes, para distraerme aquella mañana y hacer algo diferente a lo que hubiera hecho un día cualquiera, había escogido una película capaz de levantarme el ánimo y vi El jeque blanco, la deliciosa comedia de Fellini que nunca puedo ver sin una sonrisa en el rostro.

[…]

Bañado y a la espera de la comida, más tarde, medio en broma, medio en serio, me hice un autorretrato con la réplica de una pieza arqueológica que conservo, enseñándole bíceps, tal como parece que está haciendo ella, para demostrarle que mi fortaleza, pasara lo que pasara, aun cuando me sentía mal, y el pronóstico de mi evolución me impedía ser optimista, iba a mantenerse íntegra.

Las Cartas a Lucilio

Conocí las Cartas a Lucilio de Séneca poco más de tres años antes de cuanto se relata en estas páginas, en febrero de 2017, lejos de México, en un momento feliz de mi vida, cuando las encontré en venta en una edición en dos tomos en un puesto de periódicos en la calle. Las leí de inmediato, por el placer de la buena literatura, pero poco antes de un año volví por vez primera a ellas como una forma de consuelo por los desencuentros vividos entonces, buscando ya en sus páginas algunas ideas que pudieran servirme.

Llevaba tiempo requiriendo del auxilio de una cierta, digamos, visión filosófica de la realidad, como casi cualquiera que empiece a comprobar en su cuerpo el paso del tiempo y las pérdidas comiencen a multiplicarse a su alrededor. Ya conté que mi búsqueda de lecturas y maestros jamás despicó en otro sitio que no fuera la literatura, y nunca lo hizo en libros especializados o académicos, para los que no tengo preparación ni cabeza. Mis intereses fueron siempre por ese género de filosofía poco o nada teórica que se ocupa de la existencia más inmediata, se instala en ella para hacérnosla llevadera y hasta nos ayuda a darle un sentido. Un buen ejemplo está en esas cartas.

Desde que me reencontré con Séneca al inicio de la pandemia en las singulares circunstancias que he referido, y vi su nombre asociado a la palabra muerte, quise volver a los pasajes en que el filósofo latino explica a su amigo Lucilio, unos diez años más joven que él, cómo se relaciona con la pérdida de la vida, qué piensa de ella, cómo se prepara para su llegada. No lo hice entonces: me sentí curioso, no tocado por la necesidad. Tres meses después de mi regreso del hospital, en cambio, nada más pude volver a leer, las abrí nuevamente en busca de los pasajes que me habían resultado útiles en mis lecturas anteriores.

Almas flexibles (Turner, 2021).

Más sobre Almas flexibles:

Haz click aquí para leer el primer capítulo.

“Fernando Fernández sobrevive al Covid-19 y publica su testimonio”. Nota aparecida en el portal Aristegui Noticias.

“El virus tiene un olor triste y oscuro”. Nota aparecida en el portal de Milenio Noticias.

“Un testimonio sobre las consecuencias de contraer Covid-19”. Una conversación con Sopitas.

Pídelo en línea:

Aquí para pedirlo en Gandhi.

Aquí para pedirlo en Amazon.

Y aquí para pedirlo en La Casa del Libro.

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