Los puros cristales del lenguaje (fragmento)

¡Tanto que decir sobre este poema! Baste con contar que estuvo al principio y al final de mi amistad con David. Al principio, porque fue el que me entregó, poco después de conocerlo en persona, cuando editaba yo una revista universitaria y le solicité un poema. Primero no entendí su lenguaje, sus imágenes; luego, fue una de las puertas que me abrieron el camino hacia su poesía. 

Los instrumentos de la pasión, último libro de poesía versificada que publicó en vida David. Colección El Libro Mayor, Fondo Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro, 2019.

Al final, porque encabezó con él la última colección de poesía versificada que publicó en vida, a la que puso el mismo título que tenía el poema. ¿Por qué lo mantuvo treinta años sin recogerlo en forma de libro? Y más tarde, ¿por qué lo publicó, dándole ese lugar preponderante y estratégico? No tuve oportunidad de preguntárselo.

El tiempo que pasó entre una fecha y otra marca los años de feliz correspondencia que compartimos gracias a su invariable generosidad. Y todavía por encima de eso, ha dejado su marca sobre todo aquello que, durante largos años, nunca dejé de aprender de él.

Los instrumentos de la pasión

David Huerta

Entre dos espejos,

¿reconocerían a la madre

que se presenta a trabajar, sola,

cada nueve meses?

Regresa con sus frascos de viuda

y con sus faldas hechas únicamente de soltería; trae trapos

para su raza sin defensa.

Viene con los ojos cerrados por las luces solares

y con la boca abierta por un caliente bocado,

rojo, seco.

Regresa a trabajar; da vueltas

en las habitaciones; es una ola oscura:

la sombra desunida de la desdicha.

Es ignorada por los perros

y lacerada por el fragor de las habitaciones.

¿La reconocerían si los fríos de febrero o de azúcar

la enmascararan,

la desvistieran y dejaran –trozo de vidrio sucio–

debajo de los impíos, limpios anaqueles,

junto a las cacerolas y cucharas? Ella es ternura

de oxígeno y de yerbas, moneda azul

sobre la caja y el mostrador de los Propietarios.

Tienen que reconocerla pues trae de regreso

las plenas ollas de anonimato que necesitan ellos

y otros que disminuyen, como ellos, detrás de los espejos…

Viene curioseando. Levanta papeles amarillos.

Viene con una soltura de hada y una angustia

de azote y de milímetro.

Viene ya sin el agobio de la fecundidad –su Naturaleza.

Viene sin guiso, sin una sopa, sin mecates de brujo:

enorme, sola, pobre, a trabajar como una estrella.

Regresa a probar los filos de los espejos rotos,

dos planicies de llamas blancas –propagaciones

de plata y desechos helados.

Entre dos espejos,

¿quién podría dejar de reconocer

esa figura destacada, noble –pero de una nobleza

suspendida, dudosa,

inclinada hacia el charco del hambre?

Entre dos espejos, la madre se refleja

y es un sólido número; el nueve; inversa,

se copia en la continuidad luciferina del azogue;

caliente, moribunda y feroz, canta

para la fiesta de su raza.

El agua de la lluvia cubre a la madre

con la caída de cien febreros que nadie ha sospechado.

El agua nocturna de la lluvia se derrama

sobre el paganismo endulzado de los espejos.

La madre regresa: nadie lo ignora. Nada la detiene.

La madre está limpia y sobrevive en el remolino de la culpa.

La madre se enfría en los aguaceros como una antorcha de oro.

La madre se enfría sola en el trabajo de cada nueve meses.

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