
El poeta y editor José Ángel Leyva ha publicado una singular antología de la poesía de David Huerta: Los puros cristales del lenguaje. El libro, aparecido bajo el sello de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, abre con un par de ensayos de presentación, obra respectivamente de Eduardo Vázquez Martín y Hernán Bravo Varela, y cierra con una sección con poemas del autor de Incurable seleccionados y comentados por los amigos del poeta (Baranda, Pulido, Verduchi, Magaña, Abril, Tello, Lumbreras, Martín Aguilar, Péreztejada, entre otros).

Invitado yo mismo a participar en la elección y comentario de un poema, escogí «Los instrumentos de la pasión», el cual dio título al último libro de poesía versificada que David publicó en vida. Recojo aquí el breve texto donde explico las razones de mi elección, seguido por el poema. Las imágenes que ilustran el post provienen del número de la primavera de 1989 de la vieja revista Alejandría, donde el poema fue publicado por primera vez.

Los puros cristales del lenguaje (fragmento)
¡Tanto que decir sobre este poema! Baste con contar que estuvo al principio y al final de mi amistad con David. Al principio, porque fue el que me entregó, poco después de conocerlo en persona, cuando editaba yo una revista universitaria y le solicité un poema. Primero no entendí su lenguaje, sus imágenes; luego, fue una de las puertas que me abrieron el camino hacia su poesía.

Al final, porque encabezó con él la última colección de poesía versificada que publicó en vida, a la que puso el mismo título que tenía el poema. ¿Por qué lo mantuvo treinta años sin recogerlo en forma de libro? Y más tarde, ¿por qué lo publicó, dándole ese lugar preponderante y estratégico? No tuve oportunidad de preguntárselo.
El tiempo que pasó entre una fecha y otra marca los años de feliz correspondencia que compartimos gracias a su invariable generosidad. Y todavía por encima de eso, ha dejado su marca sobre todo aquello que, durante largos años, nunca dejé de aprender de él.


Los instrumentos de la pasión
David Huerta
Entre dos espejos,
¿reconocerían a la madre
que se presenta a trabajar, sola,
cada nueve meses?
Regresa con sus frascos de viuda
y con sus faldas hechas únicamente de soltería; trae trapos
para su raza sin defensa.
Viene con los ojos cerrados por las luces solares
y con la boca abierta por un caliente bocado,
rojo, seco.
Regresa a trabajar; da vueltas
en las habitaciones; es una ola oscura:
la sombra desunida de la desdicha.
Es ignorada por los perros
y lacerada por el fragor de las habitaciones.
¿La reconocerían si los fríos de febrero o de azúcar
la enmascararan,
la desvistieran y dejaran –trozo de vidrio sucio–
debajo de los impíos, limpios anaqueles,
junto a las cacerolas y cucharas? Ella es ternura
de oxígeno y de yerbas, moneda azul
sobre la caja y el mostrador de los Propietarios.
Tienen que reconocerla pues trae de regreso
las plenas ollas de anonimato que necesitan ellos
y otros que disminuyen, como ellos, detrás de los espejos…
Viene curioseando. Levanta papeles amarillos.
Viene con una soltura de hada y una angustia
de azote y de milímetro.
Viene ya sin el agobio de la fecundidad –su Naturaleza.
Viene sin guiso, sin una sopa, sin mecates de brujo:
enorme, sola, pobre, a trabajar como una estrella.
Regresa a probar los filos de los espejos rotos,
dos planicies de llamas blancas –propagaciones
de plata y desechos helados.
Entre dos espejos,
¿quién podría dejar de reconocer
esa figura destacada, noble –pero de una nobleza
suspendida, dudosa,
inclinada hacia el charco del hambre?
Entre dos espejos, la madre se refleja
y es un sólido número; el nueve; inversa,
se copia en la continuidad luciferina del azogue;
caliente, moribunda y feroz, canta
para la fiesta de su raza.
El agua de la lluvia cubre a la madre
con la caída de cien febreros que nadie ha sospechado.
El agua nocturna de la lluvia se derrama
sobre el paganismo endulzado de los espejos.
La madre regresa: nadie lo ignora. Nada la detiene.
La madre está limpia y sobrevive en el remolino de la culpa.
La madre se enfría en los aguaceros como una antorcha de oro.
La madre se enfría sola en el trabajo de cada nueve meses.
