El pasado 19 de junio de 2021, la Casa del Poeta Ramón López Velarde, nos invitó a leer unas palabras en la solemne ceremonia de conmemoración de los cien años de la muerte del autor de Zozobra. He aquí lo que dije en la ocasión, en la casa misma donde falleció López Velarde, cuando se cumplía un siglo exacto de aquel hecho. Gracias a David Huerta y Maricarmen Férez por la generosa invitación.

Resulta difícil escoger, con la precisión que nos gustaría, unas palabras para ser dichas esta mañana, cuando hace solamente unas horas se cumplió un siglo del fallecimiento de Ramón López Velarde. Es tan vasto el orbe de su escritura, toda ella colmada de lugares preciosos, reveladores y enigmáticos, que nunca terminaremos de disfrutarlo y estudiarlo, y eso nos hace estar seguros de que el tiempo ni siquiera ha tocado la esencia de su legado. Pero, como dicen los clásicos, con expresión harto gráfica, la edad huye: el tiempo nos pone aquí y luego nos hacer desaparecer, y eso con gran velocidad. Por eso creemos necesario hacer un alto, porque somos fugaces, como su persona lo fue, y honrar su memoria, como una manera de permanecer, o de hacernos creer que permanecemos, aunque siempre estemos en proceso de decirnos adiós. Así nos detenemos ahora, cuando se cumplen cien años de su muerte, siquiera para poner unas flores, ya que nuestras palabras son insuficientes, y aunque esas flores estén hechas de palabras. Esto es así porque pensamos que, en la medida en la que sus palabras no puedan desaparecer —ya que revelaron de tal modo su interior que estamos convencidos de que revelaron también el nuestro—, nosotros, en cierto modo, tampoco desapareceremos.

Así retrató Roberto Montenegro a López Velarde en uno de los grabados que acompañaron la primera edición de Ejemplo (1919), la novela de Valle Arizpe. Al respecto, hay un extenso ensayo en mi libro La majestad de lo mínimo (Bonilla, 2021).

Uno de los amigos que más frecuentaron a López Velarde en las últimas semanas antes de caer enfermo, fue el escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle. Ramón le dedicó un ejemplar de Zozobra el 26 de mayo de 1921, esto es unas semanas apenas antes de su muerte, más o menos por los días en que caía enfermo. Gustaban de prolongar la conversación, ya fuera acudiendo a beber un cognac que les gustaba, y que ofrecían en un restaurante de la calle de Madero, o caminando interminablemente por las calles de la ciudad. Un día, señalando hacia la calle de Ayuntamiento, con su indeleble acento provinciano, y vestido siempre de negro, Ramón le dijo a Rafael, embriagado por el entusiasmo de caminante nocturno, que aquella era la calle más larga del mundo. (Y quizás no se equivocaba.)

Dedicatoria autógrafa en el ejemplar de Zozobra que fue de Rafael Heliodoro Valle y que se conserva en la Biblioteca Nacional de México. Nótese la fecha de la dedicatoria (Méj., 26 de mayo de 1921), menos de un mes antes de la muerte del poeta. (Gracias a Vicente Quirarte, por la imagen.)

Rafael Heliodoro Valle dejó un testimonio de emoción que es rigurosamente contemporáneo de la muerte misma de López Velarde, lo que quiere decir que tiene un siglo exacto, y por eso quisiera retomarlo ahora y compartirlo con ustedes, para que sea él quien diga las palabras que mis amigos me han encargado decir. Se trata de una carta dirigida por Valle nada menos que a José Juan Tablada, a la ciudad de Nueva York, y que fue redactada la madrugada del día 20 de junio de 1921, es decir un día después de la muerte de López Velarde y unas horas antes de su entierro en el Panteón francés. En ella, el escritor hondureño relata a Tablada lo que ha ocurrido, y se refiere al desconcierto y la emoción que embarga a los amigos, esos amigos de quienes hoy somos nosotros los continuadores y los herederos.

Foto: Cortesía de la Casa del Poeta.

Es una carta dramática, en la que todavía sentimos el temblor de la escritura recién plasmada en el papel. Valle ofrece a Tablada una última estampa de la vida todavía en esplendor de López Velarde, acaso la última con la que contamos, una sola frase en la que aparece Ramón nuevamente riendo, entre flores, celebrando la belleza de la expresión poética, y yo quisiera, con esa carta, y en especial con esa frase, poner simbólicamente una corona de flores, aunque esas flores estén hechas de palabras, sobre su recuerdo, en esta casa que lo vio morir hace exactamente cien años, con el objetivo principal de volver a decirnos que no ha muerto, que no puede morir. “¡Como reímos jovialmente y comentamos a Góngora la noche última que anduvo en un restorán con flores y [con] risas!”, escribió Rafael Heliodoro Valle. Leo la carta, para que se aprecie mejor, en el contexto al que pertenece, esa última estampa colmada de vida, del poeta que sigue viviendo entre nosotros.

Ejemplar de Ejemplo, de Valle Arizpe, abierto en la página donde aparece el grabado de Montenegro, según se expone estos días en el Museo de Guadalupe, Zacatecas. Foto: Cortesía de Violeta Tavizón.

20 de junio de 1921

Señor don José Juan Tablada

Librería de los Latinos, New York City

Querido José Juan: le escribo en la dulzura lúgubre del amanecer, mientras el reloj de la Catedral hace más melancólico el silencio y la luna se aduerme como un lirio en los aires. El cadáver de López Velarde se halla entre blandones en la universidad, y los amigos del poeta vemos arder de amor nuestras lágrimas. Llegan más coronas; y cómo en la llama durmiente de los cirios se sacrifica la gloria de los recuerdos. Aquí veo a Vasconcelos rodeado de Antonio Caso, Roberto Montenegro, Alfonso Cravioto, Méndez Rivas, Ricardo Gómez Robelo, Rafael López, Ricardo Arenales, Julio Torres, Pepe Gorostiza, Carlos Pellicer y tantos que lo amaron de verdad y ahora se hallan afligidos, estupefactos ante esta catástrofe. ¡Como reímos jovialmente y comentamos a Góngora la noche última que anduvo en un restorán con flores y risas! Lo volví a ver ya herido de su mal mortal, pálido para siempre, y me hacía sufrir la mirada suya tan inconsolable. Altísima su cortesía, cordial y señorial su afecto, ni aún en los momentos de su fiebre olvidó su gentileza. Y cuando los seres familiares, los amigos íntimos se le acercaban llorando, él se llevaba al rostro horrendo las lágrimas caídas. Me dicen que en la mañana en su agonía, al oír el canto de los gallos, el ruido de la gente en las calles, los primeros carros que pasaban, exclamó “¡la vida!”. Esta criatura deleitosa ha sido inicua con el poeta, volviéndole la espalda. No es posible entender lo inusitado de su ausencia, porque estábamos acostumbrados a su bondad incomparable, a su cariño de oro y seda, a su decir ponderado en que no aparecían ni el malicioso comentario ni la apagada violencia. Era Ramón un hombre de lo más bueno que se encuentra en este mundo.

López Velarde, retratado por Saturnino Herrán. La imagen, que apareció por vez primera en 1916 en las páginas de la revista Vida Moderna, está en La majestad de lo mínimo, pág. 35.

Ha muerto cuando su poesía se anunciaba en plena magnificencia. ¡Lo que él se lleva en su corazón ahora despojado! Al mediodía de hoy lo enterraremos en el Panteón Francés, y Cravioto dirá nuestra elegía. No le digo más. Estamos con esta pena. Para usted habrá sido horrible saber la muerte de Ramón. Concluyo estas frases así que amanece del todo. En el cielo se ve una sorprendente claridad: es algo que me recuerda la del alma de mi amigo. Para las hendiduras de ese mármol yo quisiera cielo de un amoroso azul y luego las rosas rojas, los claveles en delirio. No lo olvide.

(Palabras leídas en la ceremonia de conmemoración de los cien años de la muerte de López Velarde, en la casa donde murió el poeta, la mañana del sábado 19 de junio de 2021.)

19 de junio de 2021, frente a la Casa del Poeta. Foto: Luis Téllez

6 comentarios en “Palabras del 19 de junio

  1. Precioso texto Fernando, palabras amorosas y bellas para el centenario de la muerte de este gran poeta que nos deja entrar al tiempo sin tiempo de sus poemas. Montones de abrazos y besos envueltos en los mejores deseos para el 2022!

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  2. Camarada Fernando, escuché las palabras que ahora transcribes el día que las leíste y ha vuelto a leerlas y a oírlas, y quiero decirte que su aparición fue una de las pocas cosas que me hicieron llorar durante el centenario. La sola carta de Heliodoro Valle es para dejarlo temblando a uno, pero las flores en forma de palabras que pusiste en su monumento son devastadoras.

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  3. Fernando: leo tus palabras – y las de R. Heliodoro Valle- en estas postrimerías de este año inolvidable por varias razones, y las agradezco porque en su sencillez revelan la hondura de la obra del poeta y el afecto que nos despiertan ambas: su poesía y el personaje que hemos construido desde ella.
    Sigamos leyéndolo.

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