La paradoja, insalvable, está a la vista; deseo dar cuenta de la experiencia de contemplar por vez primera en persona la obra de Giorgio Morandi, después de años de frecuentarla en papel o en línea, pero me veo forzado a hacerlo a través de fotografías, las que he tomado yo mismo con la cámara de mi teléfono celular.

Naturaleza muerta. Óleo sobre tela. 1947.

No fue, por cierto, en línea, y ni siquiera en papel, donde vi mi primer Morandi, sino en la famosa aparición de un óleo suyo en una célebre película de Fellini. Poco más tarde, supe que era uno de los pintores que conformaban el panteón esencial de Vicente Rojo. Todavía en días recientes volví a dar con él, esta vez en las páginas de Vesuvio, la novela de mi amigo Marco Perilli que presentaremos el próximo sábado Alberto Ruy Sánchez y yo en el viejo Centro Asturiano de la colonia Roma, la actual Casa Universitaria del Libro.

Un Morandi cuelga a la puerta de mi cuenta de Twitter.

Hice las fotos al final de la visita al ala dedicada a su obra en el MAMbo (Museo de Arte Moderno de Bolonia), la cual fue precedida –y en cierto modo, preparada– por la que realizamos la tarde anterior al viejo departamento de Via Fondazza donde Morandi pasó prácticamente toda su vida. El viejo piso ha sido reconvertido en un conmovedor museo lleno de cosas íntimas, entre las que no faltan aquellos objetos que quedaron plasmados en algunas de las naturalezas muertas más célebres del siglo XX.

Leyenda en la fachada del edificio de Via Fondazza, en Bolonia, donde trabajó y vivió Giorgio Morandi. Foto: FF

No importa la paradoja; los trece años que llevo abonando este espacio en línea me han enseñado que una de las funciones principales de Siglo en la brisa, además de mostrar las ideas que traigo en la cabeza o los libros que tengo abiertos delante, consiste en servir de lugar de recordatorio de cuanto me interesa, en prosa apresurada como ésta, consecuencia inmediata de las experiencias que deseo consignar.

Me pasa con frecuencia que olvido fechas, ideas, lugares de cuanto me ha interesado: así ocurrió hace sólo unos días, todavía de viaje, cuando volví a pensar en una pintura de Gainsborough que me hace mucha gracia, porque la vi en la portada de un libro de segunda mano en una feria de libros callejera; o en la inexacta pero perfecta y hasta emocionante traducción de un verso de Eurípides que me impresionó en su momento, tanto como sigue haciéndolo ahora. En donde esté, una simple consulta en Google de las entradas viejas de mi blog me lleva instantáneamente al día exacto en que me referí por escrito a todas esas cosas y de ese modo puedo recuperar con precisión lo que en mí provocaron. Aquí los óleos de Morandi que más me gustaron el pasado mes de octubre, cuando, al final de una sosegada y gozosa visita a su obra, volví a recorrer sus pasillos, esta vez teléfono en mano, para dejar consignados algunos de los que más me gustaron cuando los tuve delante por primera vez.

Naturaleza muerta. Óleo sobre tela, 1948.
Naturaleza muerta. Óleo sobre tela. 1956.
Naturaleza muerta. Óleo sobre tela. 1952.
Naturaleza muerta. Óleo sobre tela. 1951.
Naturaleza muerta. Óleo sobre tela. 1961.
Cortile de Via Fondazza. Óleo sobre tela. 1958.

Más sobre pintura en este blog (para ir a ellos, haz click en el título de estos textos):

El azul pintado más hermoso del mundo.

El museo imaginario de Marcel Proust.

Siete imágenes del Códice Laud.

Una obra maestra de Richard Dadd.

Mi último encuentro con Vlady. 

El óleo de Tejerina.

Villaurrutia según Tamiji Kitagawua.

Un comentario en “Siete óleos de Giorgio Morandi

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