Per-versiones es el título de la muestra del trabajo más reciente de Arnaldo Coen. Fue inaugurada, con gran éxito de público y crítica, el pasado 1 de octubre, en la galería del Seminario de Cultura Mexicana. A continuación, el texto que escribí para acompañar el catálogo de la exposición.

“Sólido regular limitado por seis cuadrados iguales”, define el Diccionario de la lengua española a lo que llamamos simplemente cubo. Sorprenden el rigor, la superficie sin fisuras, la rotundidad de la definición: cada vocablo añade su naturaleza concluyente para describirlo como cosa indiscutible y resuelta. Solidez, regularidad, limitación, seis, cuadratura, igualdad: casi no hay lugar para la respiración. El encuentro de esas palabras, demasiado seguras de sí mismas, hace que la definición suene un tanto despótica.

Nada parece.

Arnaldo Coen descubrió la belleza sumaria de la forma cúbica en las páginas del I Ching. En donde el libro de los cambios ofrece combinaciones de seis líneas, elocuentes, según sus inacabables posibilidades, de cuantas mutaciones permite la realidad, el geómetra que esencialmente hay en él vio series de hexágonos. Finalmente, los hexagramas de la antigua sabiduría china coincidían con el número de lados de esa forma, no tan perfecta como la esfera, si se quiere, pero menos imperfecta que casi todo lo demás.

Abstracción.

Desde entonces, el cubo ha sido uno de sus motivos preferidos de exploración. A fuerza de verlo desde todos los ángulos, de abordarlo de mil maneras, de meditar sobre él, acabó convirtiéndolo en un mirador de poderosa fijeza sobre una realidad esencialmente cambiante, algo mucho más complejo que un poliedro de seis caras idénticas: un talismán; un áncora sobre las aguas del fondeadero íntimo; un ojo clarividente. En cuanto comprendió que reinaba el silencio en su ámbito cerrado, invitó a un músico a liberar las notas que el cubo siempre callaba; a un poeta, las palabras que nunca decía. Llegó a celebrar una coreografía en su interior.

Dos horizontes, uno arriba del otro, corren paralelos a lo largo de las paredes de esta nueva muestra de su trabajo. El primero es una continuación de su estudio del cubo como prestigioso sólido platónico, idóneo para todo género de representaciones y de juegos. El segundo, el cual corre por encima del primero a través de una serie de obras de gran tamaño, es uno de los últimos resultados de una incesante búsqueda de la libertad expresiva, la fase más reciente de una larga indagación.

Mirillas mágicas, las piezas del horizonte inferior son disparaderos hacia mundos sorprendentes y autónomos. Lúdicamente dispuestas debajo de las mayores como si fueran cédulas informativas, son también un referente que nos permite calcular el grado de emancipación de cuanto se abre por arriba de ellas. El contraste entre uno y otro horizontes invita a imaginar que Arnaldo Coen desmontó las paredes del cubo para despojarlo de su congruencia milenaria. Sobre el paño verde de su mesa de billar reconvertida en lugar de trabajo, entre resmas de papel sobrante, bustos a escala, trompos, se dedicó a explorar el envés de cada palabra de la acepción original. ¿Qué ocurriría si, una vez desmantelada la forma primigenia, decidiera trabajar con el resultado de esa operación? Ansiosos por ser, expandirse en el espacio abierto, manifestarse a plenitud, los poderes encerrados en el cubo volarían por los aires, en mil pedazos.

La definición que fue nuestro punto de partida ha sido fracturada y convertida en fragmentos irreconciliables; como consecuencia de ello, nada parece ya despótico aquí: la solidez ha sido puesta en entredicho y todo resulta felizmente irregular; desiguales y sin límites se muestran ahora las seis caras, los ocho vértices, las doce aristas del cubo original. ¿Y qué es lo que vemos? Un orbe hecho de geometría desaprendida; nubes pintadas a tijeretazos; un paisaje nocturno multiplicado en astillas de espejos rotos; cuellos de cisnes apenas insinuados; coyunturas óseas; alcatraces que no florecen en ningún lugar; parejas que se descorren hasta cobrar consciencia de sí; insectos al trasluz; figuraciones a punto de convertirse al esquematismo o la abstracción. No dejaría de manifestarse el emblemático hexagrama número 1, Khien, el cual anuncia “el cielo sobre el cielo” de esta exposición.

Homenaje a Hokusai.

Si el horizonte inferior propone un pequeño tablado en que se mueven coloridos personajes e imaginativas situaciones, el superior es un gran escenario donde se despliegan, mayormente en blanco y negro, las formas apenas manumitidas. Los japoneses llaman kintsugi a una técnica cuyo objetivo es reparar con oro la cerámica que se ha resquebrajado. También es una filosofía: las heridas son parte de la historia del objeto que vale la pena contar. Lo que el accidente ha hecho pedazos, merece ser devuelto a su uso, restaurado con belleza y dignidad. En medio de los desvanecimientos y las voluptuosidades con que se representa la lucha de los opuestos complementarios, Arnaldo Coen ha incorporado la delicada hoja de ese material. El oro ofrece la única etiqueta a la altura del aristocrático horizonte superior.

Invita a imaginar.

Cuanto ha interesado a un artista particularmente consciente de la historia de la pintura, cuyo propósito fue convertirse en todos los artistas, aquello con que ha construido su obra queda suspendido un instante para que contemplemos, en una suerte de cielo imponderable y metafísico, la danza simple y gozosa de las formas encarnando su emancipación.

Sabiduría del Rey Wen.

Arnaldo se apoya sobre la magia de su bastón. Su apellido es un prisma que empiezo a dilucidar. Ante la multiplicidad de las figuras de este mundo, sonríe; su conformidad con la naturaleza cambiante de las cosas evoca la sabiduría del rey Wen, inventor del I Ching, quien filosofó sobre la libertad en el encierro de la prisión. Un regocijo confiado y sereno transmite su mirada, pero juega a hacernos creer que está buscando, que sigue en la búsqueda.

Libertad expresiva.

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